El simbolismo frente a la urgencia de la realidad
La política exterior de la izquierda uruguaya ha vuelto a quedar en el ojo de la tormenta tras la confirmación de una misión oficial hacia la isla caribeña. La crisis en Cuba ha llegado a un punto de no retorno, con un colapso energético que mantiene a más de la mitad del país a oscuras y una escasez de alimentos que ya roza lo trágico. Sin embargo, en el Secretariado Ejecutivo del Frente Amplio, la decisión de enviar una delegación no fue recibida con aplausos unánimes. Hay quienes, con un sentido del pragmatismo que a veces brilla por su ausencia, se preguntan qué sentido tiene mandar dirigentes a «ver una catástrofe» si no se llevan soluciones tangibles bajo el brazo.
Fernando Pereira, presidente de la coalición, insiste en que se trata de un «gesto a la uruguaya» ante lo que califica como un asedio brutal del imperialismo. Pero seamos sinceros: la crisis en Cuba no se soluciona con apretones de manos ni con discursos encendidos en la Plaza Cuba de Montevideo. Mientras la administración de Donald Trump aprieta las clavijas y Venezuela —tras la captura de Maduro y el ascenso de Delcy Rodríguez— corta el chorro del petróleo, la misión frenteamplista corre el riesgo de ser vista como un tour de solidaridad ideológica que poco le aporta al cubano que hace cola para conseguir un poco de arroz.
El gobierno uruguayo y la encrucijada del envío de arroz
Mientras el FA prepara las valijas, el Poder Ejecutivo uruguayo se mueve en una dirección distinta, aunque no menos compleja. La intención es enviar ayuda humanitaria concreta para paliar el colapso económico, centrándose en productos básicos como leche en polvo y arroz. El problema, como siempre, es el «cómo». La Cancillería está analizando con pinzas los mecanismos para que estos suministros lleguen efectivamente a la población y no se queden estancados en la burocracia de un régimen que está contra las cuerdas. Ya tuvimos el antecedente de Gaza, donde la intención estuvo, pero la logística fue un desastre que terminó en nada.
La emergencia nacional se ha agravado por la falta de combustible, y Washington ya avisó que habrá aranceles para cualquiera que intente auxiliar energéticamente a la isla. En este tablero de ajedrez geopolítico, Uruguay intenta mantener un equilibrio delicado: cumplir con una tradición solidaria sin quedar pegado en la defensa de un sistema que hoy no puede garantizarle luz ni comida a su propia gente. Los informantes del Ejecutivo reconocen que la situación es desesperante, con hoteles cerrando y aerolíneas cancelando vuelos, lo que anula la única fuente de divisas que le quedaba al castrismo: el turismo.
Internas y críticas por el costo de los pasajes
Dentro del propio Frente Amplio, las voces críticas no son pocas. Algunos dirigentes de la Carifa (Comisión de Relaciones Internacionales) han sugerido, con bastante tino, que el dinero de los pasajes para la delegación debería invertirse directamente en donaciones. La pregunta que circula en los pasillos de la calle Colonia es hiriente: ¿qué van a hacer allá, además de sacarse una foto con Díaz-Canel? La situación límite demanda barcos con comida y generadores eléctricos, no misiones diplomáticas de tres personas que solo van a dar un «gesto político» que el mundo ignorará.
A pesar de que Pereira asegura que la misión está consensuada, el malestar es evidente. No se han organizado campañas de recolección de alimentos de gran escala, simplemente porque «no es fácil hacer llegar» nada a la isla. Esto deja a la delegación en una posición de extrema debilidad. Si no pueden garantizar que el apoyo uruguayo llegue a destino debido al derrumbe social, el viaje corre el riesgo de transformarse en un gasto innecesario que la oposición usará para pegarle al FA en plena campaña de posicionamiento interno.
El fantasma del colapso y las flotillas humanitarias
Fernando Gambera, uno de los impulsores del viaje, maneja la fecha del 21 de marzo para coincidir con una «flotilla» de barcos que planea lanzar la Internacional Progresista. Es una apuesta fuerte, similar a las que se han visto en otras zonas de conflicto, pero que en el caso del desabastecimiento generalizado podría chocar de frente con el bloqueo naval y las sanciones de Estados Unidos. Es una jugada que busca romper el cerco, pero que también podría escalar la tensión regional a niveles peligrosos. Uruguay, una vez más, queda tironeado entre su vocación de asilo y ayuda, y las reglas de un derecho internacional que Trump parece dispuesto a ignorar por completo.
La crisis en Cuba tiene también su correlato en las calles de Montevideo. Para el 28 de febrero se esperan dos manifestaciones: una a favor de la «resistencia» de la isla y otra, liderada por la diáspora cubana, vestida de blanco y al grito de libertad. Este choque de visiones en Uruguay refleja la fractura que genera el tema cubano. Mientras unos ven un genocidio económico, otros ven el fracaso estrepitoso de una dictadura que ya no tiene qué ofrecer. Lo que es innegable es que el pueblo cubano está en el medio de una pinza que lo está asfixiando.
¿Un gesto necesario o una ceguera ideológica?
En definitiva, la misión uruguaya a La Habana se da en el peor momento posible. Con el escenario crítico en su pico más alto de los últimos treinta años, la efectividad de un viaje de tres dirigentes es, por decir lo menos, dudosa. Si la idea es «estrechar la mano», como dicen algunos sectores radicales, habría que preguntarse si esa mano no está demasiado ocupada tratando de encender una vela o buscando algo para poner en la olla. La solidaridad es un valor fundamental de nuestra sociedad, pero cuando se vacía de contenido práctico, se convierte en mera retórica de comité.
La crisis en Cuba seguirá profundizándose mientras no haya una salida política que devuelva la viabilidad económica a la isla. Uruguay puede mandar arroz, puede mandar declaraciones de preocupación y puede mandar delegados, pero nada de eso cambiará el hecho de que el modelo actual se agotó. El Frente Amplio tendrá que hacerse cargo de las consecuencias de este viaje si, al final del día, lo único que traen de vuelta son promesas vacías y fotos de protocolo en un país que se apaga.
¿Es realmente el momento de gastar en gestos diplomáticos cuando la crisis en Cuba requiere una ayuda que Uruguay, honestamente, no tiene la capacidad logística de garantizar por sí solo?
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