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La arquitectura de un poder que trasciende los rostros
La discusión recurrente sobre la situación en la isla suele caer en una trampa simplista: personificar un sistema complejo en un solo hombre. En medio de un escenario de apagones crónicos, inflación galopante y un éxodo que no da tregua, la figura de Miguel Díaz-Canel se ha convertido en el pararrayos de la indignación popular. Sin embargo, para entender la resiliencia del Régimen cubano, es imperativo correr el velo de la escenografía política y observar los engranajes de un modelo que aprendió a sobrevivir a sus propios fracasos estructurales.
El adversario real de la libertad en la isla no es un individuo, sino un esquema de socialismo de partido único administrado por una élite que ha perfeccionado el arte de la permanencia. En el gobierno de Cuba, el poder efectivo no se dirime en la exposición mediática, sino en la cúpula del Partido, en los pasillos de los aparatos de seguridad y, fundamentalmente, en el entramado militar-empresarial que maneja la economía real. Si el actual presidente se apartara mañana del cargo, el sistema no colapsaría; simplemente cambiaría de vocero, manteniendo intactos sus mecanismos de reproducción y control social.
El diseño estratégico del Régimen cubano
La matriz de este sistema no se concibió para que el destino nacional dependiera de una figura civil expuesta al desgaste de la gestión cotidiana. El sistema político cubano fue diseñado para que lo esencial permanezca inalterable: el monopolio político, la represión selectiva y la administración vertical de los recursos estratégicos. Mientras la conversación pública se distrae preguntando cuándo caerá el mandatario de turno, la verdadera casta dirigente respira aliviada, sabiendo que el foco está puesto en los nombres y no en los mecanismos que garantizan su hegemonía.
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El Régimen cubano mantiene un control vertical sobre la sociedad.
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Este gran mecanismo tiene un arquitecto con nombre y apellido que sigue moviendo los hilos desde la penumbra. Raúl Castro no es un actor de reparto ni un anciano retirado por protocolo; es el garante de la continuidad y el encargado de marcar los límites de cualquier intento de apertura. El propio Díaz-Canel ha admitido que las decisiones estratégicas de las autoridades de la isla pasan por la consulta al General de Ejército, confirmando que la transición fue, en realidad, una transferencia de visibilidad más que de mando real.
El brazo económico del Régimen cubano: GAESA
Para sostener una dictadura durante siete décadas no alcanza con el control ideológico; hace falta una caja fuerte que financie la supervivencia. Aquí es donde entra en juego el corazón económico del poder: el conglomerado GAESA. Este complejo militar-empresarial es el que realmente controla la divisa, el turismo, las remesas y las importaciones, operando fuera de cualquier escrutinio público. En la administración estatal cubana, quien administra el acceso al dólar administra el oxígeno del país, usando los recursos no para la eficiencia, sino para premiar la lealtad y castigar cualquier asomo de disidencia.
La identidad de este sistema no es institucional, sino corporativa y militar. La revolución se transformó en ejército, el ejército en Estado y el Estado en una empresa holding que gestiona la miseria ajena. En este perímetro de seguridad, figuras como Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl, juegan un rol crucial en el aparato de inteligencia. En la dirección oficial de Cuba, la continuidad se blinda lejos de los focos, en esos despachos donde se decide qué se vigila y qué se aplasta, asegurando que la herencia del mando permanezca en el círculo íntimo del clan familiar y sus allegados directos.
El fin de los patrocinadores del Régimen cubano
Históricamente, el modelo ha sobrevivido gracias a la respiración artificial de benefactores externos. Primero fue la Unión Soviética con sus subsidios masivos y luego Caracas, que durante años canjeó petróleo por servicios y apoyo geopolítico. Sin embargo, por primera vez en su historia reciente, el gobierno de la isla se encuentra en una situación de orfandad financiera. Ni México ni otros aliados ideológicos actuales tienen la capacidad ni la estructura para sustituir el volumen de recursos que recibían de Venezuela, dejando a la economía de la isla en una fragilidad inédita.
Este deterioro no es solo material, sino que ha provocado lo que muchos analistas denominan un «daño antropológico» en la sociedad. Décadas de dependencia inducida y castigo al mérito han agotado el capital humano del país, empujando a las generaciones más jóvenes a un éxodo masivo que desangra el futuro de la isla. El Poder en Cuba conserva su capacidad de intimidar y reprimir, pero cada vez tiene menos herramientas para persuadir o generar una ilusión de prosperidad, refugiándose únicamente en una maquinaria propagandística que intenta vender la escasez como heroísmo.
La paciencia táctica sigue siendo la mejor arma de la cúpula habanera. Saben dilatar las crisis, reciclar interlocutores y esperar cambios en el escenario internacional, especialmente en Washington, para ganar tiempo. Mientras el mundo debate sobre el rostro del presidente, el Régimen cubano reorganiza sus lealtades internas y recalibra su narrativa para presentar el desastre actual como una épica de soberanía. Ajustar el foco es urgente: criticar a la figura visible es legítimo, pero ignorar el modelo socialista-militar que la sostiene es caer en la trampa perfecta de quienes realmente mandan.
¿Es posible una transición real en la isla mientras el control de la economía y las armas permanezca fusionado en una misma élite corporativa que no rinde cuentas a nadie?
