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La diplomacia de la comitiva récord y el riesgo de la dependencia
El arribo del presidente Yamandú Orsi a Beijing este domingo marca el inicio de una misión oficial que, por su volumen y despliegue, ya despierta suspicacias en el espectro político nacional. La gira de Yamandú Orsi en China, que se extenderá hasta el 7 de febrero, no es un viaje diplomático más; es un despliegue de fuerza de un gobierno que busca desesperadamente consolidar el mercado asiático, cueste lo que cueste. Con una comitiva que supera las cien personas —incluyendo ministros, sindicalistas y empresarios—, la pregunta que surge en los pasillos de Montevideo es si esta magnitud responde a una necesidad estratégica real o a una repartija de viáticos oficiales en el país del sol naciente.
El primer gesto de la visita oficial de Yamandú Orsi a China fue de un simbolismo profundo: un recorrido por el Museo de Historia del Partido Comunista. En un contexto global donde las alineaciones geopolíticas son miradas con lupa, que la delegación uruguaya comience su agenda rindiendo tributo a la historia del régimen de Xi Jinping es, cuanto menos, un mensaje político que no pasará desapercibido en Washington ni en Bruselas. Uruguay se juega mucho en este viaje, pero la estética de la sumisión ideológica frente al principal cliente comercial del país es un precio que el gobierno parece estar dispuesto a pagar sin chistar.
Una balanza comercial que nos tiene atados de pies y manos
Resulta imposible ignorar los números que sostienen la visita política que pone a Uruguay en el mapa. En 2025, las ventas al gigante asiático alcanzaron los 3.493 millones de dólares, lo que representa un cuarto de todo lo que Uruguay le vende al mundo. Esta dependencia económica es el verdadero motor de una misión que busca firmar unos 30 acuerdos bilaterales en áreas que van desde la agricultura hasta la innovación tecnológica. Sin embargo, la firma de papeles no siempre se traduce en beneficios para el ciudadano de a pie, y la historia reciente demuestra que China es un negociador implacable que rara vez cede soberanía comercial.
La gira de Orsi en tierras chinas pretende «fortalecer el vínculo bilateral», pero para muchos analistas, lo que realmente se está haciendo es profundizar una vulnerabilidad peligrosa. Si el principal destino de nuestras exportaciones decide estornudar, la economía uruguaya se engripa. En este escenario, el canciller Mario Lubetkin tiene el desafío de demostrar que estos 30 acuerdos no son meras cartas de intención que quedarán guardadas en un cajón, sino herramientas concretas para diversificar una matriz productiva que hoy parece rehén de la demanda china de materias primas.
El costo de mover a cien personas por medio planeta
Uno de los puntos más irritantes para la opinión pública es la numerosa comitiva que integra el viaje del dirigente uruguayo al gigante asiático. Ministros, subsecretarios, jerarcas de entes autónomos, dirigentes sindicales y hasta una delegación de la Universidad de la República se subieron al avión. ¿Es realmente necesario mover a más de cien personas para firmar acuerdos que, en gran medida, ya vienen cocinados por los cuadros técnicos del servicio exterior? En tiempos donde se le pide austeridad al uruguayo medio, el espectáculo de una gira tan populosa parece un anacronismo de la vieja política.
Incluso dentro de la delegación, los intereses son contrapuestos. Mientras los empresarios buscan abrir nichos para el software y la logística, los dirigentes sindicales intentan entender cómo jugar en una cancha donde los derechos laborales se rigen por normas muy distintas a las nuestras. La Agenda internacional corre el riesgo de convertirse en un «tour» de compras y fotos protocolares si no se logran resultados tangibles que justifiquen el gasto operativo de semejante movilización. Xi Jinping recibirá a Orsi con los protocolos de rigor, pero en Beijing saben que tienen la sartén por el mango.
Entre el apretón de manos con Xi Jinping y la realidad local
El punto culminante de la gira de Yamandú Orsi en China será, sin duda, el encuentro cara a cara con el hombre fuerte de China. Allí, Orsi deberá demostrar que tiene la talla de estadista para negociar condiciones que favorezcan a Uruguay sin entregar las joyas de la abuela. Las reuniones con el primer ministro Li Qiang y con Zhao Leji, presidente de la Asamblea Nacional Popular, completan un periplo por las altas esferas del poder chino que, sobre el papel, luce imponente. Pero la realidad uruguaya, con sus problemas de competitividad y altos costos de producción, no se soluciona con una foto en la Gran Muralla.
Al final del día, el éxito de la gira de Yamandú Orsi en China se medirá en los contenedores que salgan del Puerto de Montevideo y en la inversión real que llegue al territorio. Si el saldo de este viaje son solo treinta carpetas con sellos dorados y una cuenta de viáticos astronómica, el gobierno tendrá que dar explicaciones muy serias. La apuesta es alta y el riesgo de quedar como un satélite comercial más del gigante asiático es una sombra que sobrevuela cada paso de la delegación uruguaya en Beijing y Shanghái.
¿Estamos ante el inicio de una nueva era de prosperidad o simplemente confirmando nuestra condición de «estancia» proveedora en el esquema imperial chino?
