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El peligroso relato de Canal 12 contra el bolsillo uruguayo
El periodismo nacional atraviesa una crisis de identidad, pero lo que vimos recientemente en Canal 12 cruza una línea ética difícil de ignorar. La desinformación de Telemundo ha llegado a un punto de no retorno al plantear una pregunta que, en cualquier país serio, movería a la risa o a la indignación: «¿Por qué una inflación baja también preocupa?». Con la inflación situada en un 3,6 %, por debajo de la meta oficial, el informativo central se despachó con una serie de advertencias apocalípticas sobre la falta de consumo y la caída de la recaudación estatal, como si proteger el valor de nuestra moneda fuera un pecado capital.
Esta narrativa no es un pifie de edición ni un descuido de un pasante; es la cristalización de un pensamiento estatista que el canal parece haber adoptado como bandera. Los datos erróneos difundidos públicamente intenta instalar la idea de que la inflación es el «aceite» que hace funcionar la máquina, cuando en realidad es el ácido que corroe el ahorro de los jubilados y el poder de compra del laburante que no tiene cómo indexar su salario. Presentar la estabilidad como un riesgo es confesar que el modelo que defienden depende estructuralmente de sacarle plata a la gente de forma silenciosa.
El pánico del Estado reflejado en la pantalla
Lo que el noticiero no dice es que a quien realmente le preocupa que la inflación baje es al fisco, no al ciudadano. El contenido engañoso de Telemundo omite explicar que el impuesto inflacionario es la herramienta favorita de los gobiernos para gastar lo que no tienen sin pagar el costo político de subir impuestos visibles. Cuando la inflación cae, el Estado pierde esa capacidad de «licuar» sus deudas y sus gastos estructurales, y ahí es donde entra el pánico mediático. No es que la economía «necesite» inflación; es que el sistema necesita ciudadanos más pobres para sostener un gasto público que se resisten a recortar.
Resulta hipócrita que, mientras el trabajador celebra que los precios de la canasta básica dejan de subir a lo loco, la televisión le diga que eso va a generar «menos empleo. Es el viejo truco de la competitividad ficticia basada en la devaluación. La comunicación distorsionada del canal actúa como vocera de aquellos sectores que prefieren una moneda débil para subsidiar su ineficiencia a costa del hambre de los que llegan últimos al reparto del dinero. Una moneda estable es, en realidad, la mayor ventaja competitiva que puede tener una sociedad que aspira a importar tecnología y mejorar su calidad de vida.
La falacia de los costos salariales y el miedo al ahorro
Uno de los puntos más altos de la narrativa manipulada fue afirmar que la baja inflación genera «costos salariales más altos». Para el que está del otro lado del televisor, esto debería leerse como una excelente noticia: su sueldo rinde más en términos reales. Sin embargo, el canal lo presenta como un problema de competitividad empresarial. Es decir, para Telemundo es mejor que el trabajador gane nominalmente más billetes, aunque esos billetes compren cada vez menos cosas en el supermercado de la esquina.
El fantasma de la deflación es el último recurso al que apela la desinformación de Telemundo para asustar a los desprevenidos. Comparar una estabilidad sana, producto de la disciplina monetaria, con una crisis de contracción crediticia es una deshonestidad intelectual que solo busca legitimar el robo sistemático del poder adquisitivo. Si el Estado recauda menos porque ya no puede estafar a la gente con la impresora de billetes, la solución no es desear que suban los precios; es exigir que bajen el gasto improductivo que pagamos entre todos.
Un informativo que elige proteger al poder y no al ciudadano
Es hora de llamar a las cosas por su nombre: la estabilidad no preocupa, la estabilidad sana. Lo que realmente debería preocuparnos es que los medios masivos de comunicación se vuelvan cómplices de un engaño macroeconómico que tiene cien años de fracasos en la región. La desinformación de Telemundo contribuye a perpetuar un ciclo de emisión y devaluación que solo beneficia a los que están cerca de la canilla del dinero: el Estado y el sistema financiero amigo del poder.
Hasta que los comunicadores de Canal 12 no entiendan que cada punto de inflación es, lisa y llanamente, poder adquisitivo robado al fruto del trabajo, seguirán siendo parte del problema y no de la solución. El uruguayo ya no se come el verso del «consumo estimulado» por el dinero barato; lo que quiere es previsibilidad, respeto por su ahorro y un Estado que deje de usar la inflación como un lubricante para sus propios excesos. La verdad es dura pero simple: la inflación no tiene ventajas netas para nadie más que para el que la emite.
¿A qué intereses responde realmente un medio de comunicación cuando le sugiere a su audiencia que es preferible vivir con precios al alza que con una moneda fuerte y respetada?
