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Cuando el deseo se niega a pasar a retiro
La escena podría ser en cualquier bar de Montevideo, pero sucedió en Rosario Aegentina. Una madre, tras superar un cáncer y una doble mastectomía, decide que la vida es demasiado corta para quedarse con las ganas. Con 65 años y medio siglo de matrimonio encima, le confiesa a su hija su intención de entrar al mundo swinger. Esta premisa, que para muchos sería un motivo de espanto o de chiste fácil, es el motor de la obra de Romina Tamburello, quien pone el foco sobre el deseo en adultos mayores con una honestidad que desarma cualquier prejuicio.
Lo que empezó como una confusión terminológica —la madre pidió ser «singer», como la máquina de coser— terminó en un scouting por clubes nocturnos de Buenos Aires. Tamburello, actriz y guionista, se encontró de pronto mapeando boliches de intercambio de parejas para sus propios padres. Esta experiencia, que cruza lo bizarro con lo profundamente tierno, revela que el deseo en la tercera edad no es una anomalía, sino una pulsión vital que muchas veces el cine y la literatura prefieren dejar en el «fuera de campo».

Tamburello escribió sobre el deseo en adultos mayores tras una charla con su madre.
El peso del deseo en adultos mayores tras una crisis de salud
La narrativa de Tamburello, plasmada en su libro Los amigos de mis papás, se mete con la arruga, la cicatriz y la falta de maquillaje. En una sociedad que rinde culto a la juventud eterna, hablar del afecto y emociones en adultos mayoreses casi un acto de rebeldía. La autora sostiene que infantilizamos a nuestros viejos: nos parece normal que tomen pastillas para dormir, pero nos escandaliza que necesiten un viagra o que quieran experimentar con el poliamor tardío. El sexo no tiene fecha de vencimiento, aunque el mercado intente convencernos de lo contrario.
En su investigación, Romina descubrió que, más allá de la coreografía sexual de los clubes swingers, lo que sus padres buscaban era pertenecer. Al envejecer, el círculo social se achica y la soledad acecha. La vida emocional después de los 60 aparece entonces mezclado con la necesidad de amistad y comunidad. Esos «amigos de papá» terminaron siendo un grupo de contención donde la sexualidad era el punto de partida para una nueva forma de independencia, lejos de la mirada controladora de los hijos que, a veces, pecamos de paternalistas.
De la biotecnología a la observación del microscopio humano
En la adaptación cinematográfica que se viene gestando para este año 2026, la protagonista es una biotecnóloga. Esta elección no es casual: es alguien acostumbrado a mirar bacterias y cultivos, alguien que teme al contagio y a la suciedad, reflejando el propio pudor de la hija ante el sentimiento y vínculo en la vejez. La metáfora del microscopio sirve para analizar a la familia como un laboratorio de vínculos, donde el experimento de los padres —el de abrir la pareja a los 65— parece salir mucho mejor que el de la generación joven.
La autora recalca que para entender el bienestar emocional en la vejez hay que desaprender casi todo lo que nos enseñaron sobre la vejez. No se trata de una performance «canchera» de boliche, sino de la vulnerabilidad pura. La torpeza de enfrentarse desnudo a otro cuerpo, con sus marcas y sus historias, es lo que vuelve a esta historia algo universal. Filmar estas escenas requiere una lealtad absoluta entre directores y actores, huyendo del plano publicitario para mostrar el movimiento real de la vida que insiste.
Un fenómeno que habilita conversaciones necesarias
Los amigos de mis papás ya está recorriendo laboratorios internacionales y mercados de coproducción. No es solo una película sobre sexo; es una obra que interpela cómo nos hacemos cargo de nuestros padres cuando deciden dejar de ser «los abuelos» para volver a ser sujetos deseantes. El deseo en adultos mayores nos obliga a repensar los pactos familiares y a entender que la intimidad de los progenitores es un territorio que, aunque nos dé vértigo, merece ser respetado y visibilizado.
Romina Tamburello logró convertir una anécdota personal en un manifiesto sobre la libertad corporal. Al final del día, el mensaje es claro: nadie fue lastimado para contar esta historia, porque la ficción es la mentira que nos ayuda a decir la verdad. Y la verdad es que el deseo en adultos mayores es el último gran tabú que nos queda romper para reconciliarnos con nuestro propio futuro.
¿Estamos preparados para aceptar que nuestros padres tengan una vida sexual más activa y aventurera que la nuestra?
