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Uruguay frente al espejo de las potencias
Uruguay se encuentra hoy en una encrucijada que podría definir su prosperidad económica por la próxima década. La política exterior de Uruguay ha comenzado a mostrar signos de un aislamiento involuntario o, al menos, de una falta de sintonía con los movimientos sísmicos que ocurren en el barrio. Mientras Paraguay se mueve con una celeridad envidiable para estrechar la mano de los Estados Unidos, y la Argentina de Javier Milei apuesta a una alianza frontal con Washington, los orientales parecen haber optado por un «penduleo» hacia Brasil que genera más dudas que certezas.
Este giro hacia el bloque regional, marcado por una sintonía ideológica evidente, pone en jaque la histórica tradición uruguaya de equilibrio diplomático. La estrategia diplomática uruguaya se ve hoy embretada en organismos como la CELAC, un espacio de 33 países donde la tónica suele ser el reproche constante hacia la administración norteamericana. Buscar la presidencia de este organismo en este momento parece, cuanto menos, una decisión que desafía la lógica de los intereses nacionales por sobre los dogmas partidarios.
El peso de Venezuela en la narrativa diplomática
Uno de los puntos más sensibles en el actual papel de Uruguay en el mundo es su postura frente a la crisis venezolana en los foros multilaterales. En la OEA, la narrativa principista que Uruguay supo construir parece haberse diluido en discursos que algunos analistas califican como «pueriles». Mientras otros países de la región han sido frontales tras la caída de Nicolás Maduro, la Cancillería uruguaya ha mostrado una cautela que en Washington se lee como una falta de compromiso con la redemocratización plena del continente.
Christopher Landau, mano derecha de Marco Rubio, ha estado atento a estos movimientos. Uruguay, que solía ser un «actor de paz» con voz propia, hoy parece preferir la sintonía con figuras como Pedro Sánchez, priorizando una escenificación partidaria por sobre la construcción de confianza institucional con la potencia del norte. Esta falta de química con la administración de Donald Trump podría tener costos altísimos, especialmente cuando los intereses comerciales están en juego y no esperan por afinidades ideológicas.
La visa y el estatus migratorio como señales de alerta
No se trata solo de fotos y discursos; hay consecuencias tangibles. La agenda internacional del gobierno ha tropezado con una señal preocupante: el país quedó relegado en la lista de naciones que no pueden obtener estatus migratorio laboral para ingresar a Estados Unidos. Estar en una lista que incluye a Cuba y Somalia es una alerta roja que desborda el rol de cualquier embajador. Es una muestra clara de que la confianza migratoria y comercial se está erosionando, algo que la administración anterior había trabajado con ahínco.
La anhelada «visa a la chilena» o Waiver Program parece hoy un objetivo lejano si no existe un empuje activo desde el primer nivel del gobierno. La relevancia de este asunto es crítica para las inversiones norteamericanas a futuro. El costo de oportunidad económica de un rumbo internacional del país distraída es tan grave como la pérdida de mercados. Mientras el presidente Orsi prepara su viaje a China, el principal comprador de nuestros productos, la ausencia de una misión similar a Washington deja un vacío que otros competidores regionales están llenando con gusto.
El viaje a China y el desafío de la reciprocidad
Es innegable que China es un socio estratégico vital. Todos los sectores políticos coinciden en que la política exterior de Uruguay debe profundizar el vínculo con el gigante asiático por razones de supervivencia comercial. Sin embargo, realizar una misión oficial a Pekín en un momento de altísima tensión global, sin haber gestionado previamente mecanismos de estímulo con Estados Unidos, es caminar por la cuerda floja sin red. El riesgo es quedar empantanados en una relación de dependencia absoluta con Asia mientras el norte nos cierra las puertas.
Los mandatarios uruguayos históricamente han sabido «reciclar vidrio sin anteojeras». Desde Jorge Batlle salvando al país del default gracias a su amistad con Bush, hasta Tabaré Vázquez pidiendo apoyo ante el conflicto por las papeleras, la política exterior de Uruguay siempre fue pragmática. Incluso José Mujica entendió que la reciprocidad con Obama era necesaria para el país. Ninguno de ellos dejó que el dogma les impidiera ver dónde estaban los intereses nacionales.
La pregunta que queda flotando en los pasillos de la Plaza Independencia es si el actual gobierno entiende que en el mundo moderno no se suscriben tratados, se construyen vinculaciones a primer nivel. La política exterior de Uruguay necesita prevenir antes que remediar, y eso implica un viaje urgente de Yamandú Orsi a la Casa Blanca para reunirse con Donald Trump antes de que la rueda se tranque definitivamente.
¿Podrá Uruguay mantener su equilibrio histórico entre las potencias o terminará siendo el socio olvidado de un continente que ya eligió su bando?
