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La silenciosa retirada de los uruguayos de la rosca partidaria
La política uruguaya parece haber entrado en un bucle de peleas de corto vuelo, anécdotas de redes sociales y chicanas que poco tienen que ver con la heladera o la seguridad del vecino. Mientras los dirigentes se trenzan en debates que solo les interesan a ellos, los datos fríos de la consultora Factum muestran un panorama preocupante: el descreimiento político en Uruguay está dejando de ser una sensación térmica para convertirse en un dato estructural. Casi un tercio de la población mira el espectáculo desde afuera, con una mezcla de apatía y frustración que debería quitarle el sueño a más de un candidato.
El estudio revela que el 53% de los uruguayos se identifica con posiciones moderadas, ese famoso «centro» que suele definir las elecciones pero que hoy se siente huérfano de propuestas serias. Este sector, que no se casa con el oficialismo ni con la oposición a ojos cerrados, es el que más sufre el descreimiento político en Uruguay ante la falta de diálogo real. No son ciudadanos desinformados, sino uruguayos pragmáticos que ven cómo la agenda pública se pierde en nimiedades mientras los temas de fondo duermen el sueño de los justos.
Un centro que dialoga frente a una dirigencia que grita
El informe de Factum es tajante: la mayoría del electorado es dialoguista y está lejos de los fanatismos que intentan imponer las cúpulas. Sin embargo, el descreimiento político en Uruguay se alimenta precisamente de esa desconexión, donde solo el 15% de la población se ubica en posiciones cerradas de defensa o ataque sistemático. Esta minoría ruidosa es la que suele marcar el pulso en los medios y en el Parlamento, dejando al 85% restante en una especie de limbo donde el interés por lo público se va desgastando mes a mes.
Este fenómeno atraviesa todas las capas sociales y generacionales, pero golpea de forma distinta según la edad. Los más jóvenes muestran un desinterés casi total, viendo a la política como algo ajeno o directamente inútil para cambiar sus vidas, mientras que los adultos acumulan un descreimiento producto de promesas incumplidas. El descreimiento político en Uruguay es, en gran medida, el resultado de un sistema que se ha vuelto endogámico, donde los políticos hablan para otros políticos y se olvidan de que el ciudadano común espera respuestas concretas, no titulares de prensa.
El Plan Nacional de Seguridad bajo la sombra de la anécdota
Un ejemplo claro de esta degradación del debate se dio con el análisis de la gestión del Ministerio del Interior. En lugar de discutir el Plan Nacional de Seguridad o los índices de criminalidad que azotan a los barrios, la agenda se centró en la figura de Carlos Negro. El siniestro de tránsito del ministro y su situación con la libreta de conducir ocuparon más horas de aire que las estrategias para combatir el narcotráfico. Este desvío de la atención profundiza el descreimiento político en Uruguay, ya que la gente percibe que se prioriza el «chisme» institucional por sobre la seguridad de las familias.
Más allá de la anécdota, existe una preocupación institucional legítima que Factum también detecta. Que un ministro del Interior circule por la calle sin custodia ni chofer no es una señal de austeridad, sino una irresponsabilidad dada la relevancia del cargo y el contexto crítico que vive el país. Este tipo de situaciones, que bordean la improvisación, son las que terminan alimentando la idea de que el sistema está a la deriva. Cuando la discusión se estanca en si el ministro maneja su propio auto, el descreimiento político en Uruguay gana una batalla más frente a la seriedad que demanda la República.
La espera de respuestas en un clima de cansancio social
El saldo que deja el trabajo de Factum es una señal de alerta roja para el sistema de partidos uruguayo. El 28% de ciudadanos que se declaran desinteresados o descreídos no son un grupo marginal, sino una masa crítica que puede definir el futuro del país mediante el ausentismo o el voto castigo. La política uruguaya necesita menos anécdotas y más sustento; menos peleas de comité y más políticas de Estado que trasciendan el próximo período electoral. El centro político no es un lugar de indecisión, sino un espacio de sensatez que hoy se siente abandonado por una dirigencia que parece vivir en una burbuja montevideana.
Si los líderes actuales no logran reconectar con ese uruguayo moderado que evalúa aciertos y errores sin anteojeras ideológicas, el sistema corre el riesgo de fracturarse de forma irreversible. El cansancio social no es gratuito y el descreimiento es el paso previo al surgimiento de aventuras mesiánicas que ya hemos visto fracasar en otros lugares de la región. El tiempo de las anécdotas se terminó; la gente espera que el Plan Nacional de Seguridad y el desarrollo económico vuelvan al centro del escenario antes de que la indiferencia lo termine tapando todo.
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