El bochorno de la Comisión Permanente: gritos, mentiras y Censura en el Parlamento
La jornada de este jueves en el Palacio Legislativo quedará registrada como uno de los puntos más bajos de la convivencia democrática reciente. Lo que debía ser una instancia de rendición de cuentas del ministro Alfredo Fratti terminó convirtiéndose en un ring donde la Censura en el Parlamento fue la verdadera protagonista. Entre acusaciones de «mentiroso» y una conducción de la mesa que parecía más preocupada por proteger al jerarca que por permitir el debate, la sesión naufragó en un mar de gritos e interrupciones constantes por parte de la presidenta Bettiana Díaz.
El senador nacionalista Sebastián Da Silva no anduvo con vueltas y calificó de «alevosa» la maniobra de cesar a seis directores departamentales del MGAP entre las sombras de las fiestas tradicionales. Para el legislador blanco, la negativa a discutir la sequía y las constantes interrupciones de la mesa no son más que una forma de Moción de censura en el Parlamento para tapar la falta de gestión. La tensión escaló a tal punto que las explicaciones técnicas del ministro quedaron en un segundo plano, superadas por la indignación de una oposición que se sintió amordazada en su propia casa.
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La mordaza de Bettiana Díaz y la Censura en el Parlamento
La actuación de la diputada Bettiana Díaz fue, por decir lo menos, parcial y autoritaria. Bajo el pretexto del reglamento, Díaz cortó sistemáticamente el uso de la palabra a Da Silva, configurando lo que muchos legisladores ya tildan de una Sanción parlamentaria a un legislador sin precedentes. No pasó un minuto y medio sin que la presidenta interrumpiera el prólogo o la argumentación del senador convocante, intentando incluso darle «clases» de cómo estructurar su discurso. Esta actitud protectora hacia el ministro Fratti solo alimentó la sospecha de que el oficialismo no tiene respuestas para el desmantelamiento técnico del ministerio.
«Estamos embozalados», repitió Da Silva, haciendo eco de una sensación de impotencia ante la negativa de tratar temas vitales como la emergencia agropecuaria. Esta Resolución de censura en la Cámara se volvió física cuando los micrófonos se cerraron ante las denuncias de clientelismo político. La presidenta de la comisión parece haber confundido su rol de árbitro con el de defensora de oficio de un ministro que, acorralado por las preguntas, prefirió refugiarse en ironías sobre el idioma japonés antes que aclarar si va a acomodar a sus «amigotes» en los cargos vacantes.
Las mentiras de Fratti bajo la lupa de la oposición
El momento más álgido se vivió cuando Da Silva, a los gritos, tildó de mentiroso a Alfredo Fratti. Según el senador, el ministro faltó a la verdad al Parlamento al negar que los directores fueron cesados, cuando en los hechos se les notificó que no serían tomados en cuenta a pesar de haber ganado sus puestos por concurso. El encubrimiento de estas destituciones detrás de tecnicismos legales fue visto como una provocación que justificó la reacción airada de la oposición. La Medida disciplinaria en el ámbito legislativo se activó de inmediato para acallar el reclamo de Da Silva, quien exigía saber cómo se van a designar los nuevos titulares si no es por mérito profesional.
Fratti, con una parsimonia que rozó el cinismo, desestimó las acusaciones alegando que «hay gente que no me entiende». Sin embargo, el problema no es de comprensión lectora, sino de transparencia institucional. La Censura en el Parlamento facilitó que el jerarca evitara responder sobre el destino de los más de 900 profesionales que participaron del llamado abierto en la administración anterior. Al final del día, lo que quedó claro es que el oficialismo prefiere el silencio reglamentario antes que admitir que el campo se está politizando de la peor manera.
Un precedente nefasto para el control legislativo
La sesión dejó un sabor amargo y una advertencia clara: si la mesa de la Comisión Permanente sigue operando como un escudo partidario, la labor de control se vuelve nula. La Acción institucional de censura uruguayo, históricamente un bastión de respeto y diálogo, hoy parece ceder ante la prepotencia de quienes no toleran la crítica. El cruce entre Da Silva y Díaz no es solo una anécdota de gritos; es el síntoma de una degradación institucional donde el reglamento se usa para callar y la ironía para no responder.
Con la sequía acechando y el ministerio en pie de guerra con sus propios cuadros técnicos, el país asiste a un espectáculo donde el «pan dulce y la sidra» sirvieron de cortina de humo para una purga política. Mientras Bettiana Díaz siga manejando la campana con criterio militante, la voz de los productores y de la oposición seguirá encontrando el muro de la censura.
¿Es tolerable que un ministro tilde de «falta de entendimiento» a las preguntas de los representantes del pueblo mientras la presidencia le garantiza el silencio a la oposición?
