Autoritarismo en el Palacio: el vergonzoso papel de Bettiana Díaz y Da Silva
Lo que se vivió este jueves en la Comisión Permanente no fue un debate democrático, sino un ejercicio de prepotencia institucional que debería encender todas las alarmas. El enfrentamiento entre Bettiana Díaz y Da Silva dejó de ser un simple intercambio de ideas para transformarse en un despliegue de censura por parte de la presidenta de la comisión. Con un reglamento usado como látigo, la diputada del Frente Amplio intentó, por todos los medios, que el senador nacionalista no mencionara la palabra prohibida: sequía.
Es lamentable que la conducción de una comisión parlamentaria caiga en la «animosidad insólita» que denunció el legislador blanco. En lugar de facilitar el control de la gestión de Alfredo Fratti, el rol del choque entre Bettiana Díaz y Da Silva se vio viciado por interrupciones constantes que buscaban quebrar el hilo de la ponencia del miembro convocante. No pasaron más de 90 segundos y usted ya me cortó tres veces», disparó Da Silva, exponiendo una actitud que dista mucho de la imparcialidad que requiere el cargo de quien preside.
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El «bozal» reglamentario de Bettiana Díaz y Da Silva
El nudo de la discordia en el episodio de el cruce parlamentario que encendió la sesión fue la negativa sistemática del oficialismo a tratar la emergencia agropecuaria. Mientras los productores del interior miran al cielo esperando un alivio que no llega, en la comodidad del Palacio Legislativo se decidió que de eso no se hablaba. La excusa técnica de que «no era el tema de la convocatoria» no es más que una chicana barata para blindar al ministro Fratti. Da Silva lo dijo clarito: «Estamos embozalados», una frase que resume el sentimiento de una oposición que ve cómo se le cierran las puertas del debate sobre los problemas reales de la gente.
La altanería con la que se manejó la sesión por parte de la mesa fue la gota que colmó el vaso en la relación entre el enfrentamiento político que marcó la jornada. La diputada oficialista, lejos de mostrar altura, pretendió darle clases de oratoria al senador, intentando pautar hasta cómo debía hacer su prólogo. Esta «clase de pedagogía autoritaria» fue frenada en seco por Da Silva, quien le recordó que la preparación de la ponencia es potestad del legislador y no de quien maneja el timbre de la sesión. Es un retroceso democrático que se intente tutelar el pensamiento de la oposición bajo el disfraz del orden reglamentario.
Una convivencia distorsionada que bloquea al país
La pelea entre Díaz y Da Silva no es un hecho aislado, sino la confirmación de una convivencia política que está totalmente rota. El antecedente del 7 de enero ya avisaba que la chispa estaba cerca del polvorín, pero lo de hoy pasó todos los límites. Cuando la presidenta de la comisión utiliza su cargo para interrumpir cada minuto y medio a un senador, lo que está haciendo es dinamitar la confianza institucional. Este choque de Díaz vs. Da Silva en el Parlamento muestra a un oficialismo que, ante la falta de argumentos para defender las destituciones en el MGAP y la inacción ante la sequía, opta por el boicot y el ninguneo.
Resulta irónico que quienes se llenan la boca hablando de «parlamento abierto» sean los mismos que aplican la mordaza cuando la realidad les golpea la puerta. En el cruce entre la presidenta y el senador, quedó claro que el objetivo no era buscar la verdad sobre el descalabro en Ganadería, sino desgastar al mensajero para que el mensaje no llegue a la opinión pública. La presidenta de la comisión se mostró más preocupada por leer párrafos fuera de contexto que por permitir que el ministro respondiera las dudas sobre el clientelismo rampante en su cartera.
La prepotencia de Bettiana Díaz no solo afectó a Da Silva, sino que desmereció la investidura de todos los presentes. Tratar de «corregir» el prólogo de un senador es una falta de respeto profesional que solo se explica desde una soberbia militante que ha copado los espacios de poder. En este escenario, el diálogo productivo se vuelve imposible. Mientras Díaz y Da Silva sigan protagonizando estos espectáculos de baja estofa, el Parlamento uruguayo seguirá alejándose de las preocupaciones del hombre de campo, que no entiende de reglamentos pero sí de campos quemados y falta de apoyo estatal.
Este bochorno legislativo deja una herida abierta. La oposición ha sido clara: no se van a dejar amedrentar por los gritos ni por las interrupciones de una presidencia que confunde autoridad con autoritarismo. El episodio de Bettiana Díaz y Da Silva quedará en los anales del Parlamento como el día en que se intentó silenciar el grito del interior con un martillazo de escritorio.
¿Podrá el Parlamento recuperar su función de control si quienes lo presiden se comportan más como comisarios políticos que como árbitros del debate democrático?
