Oscuridad y desidia: el peligro latente de una Montevideo abandonada
Caminar hoy por las calles de nuestra capital es una experiencia que oscila entre la indignación y el miedo. No se trata de un bache aislado o de un contenedor que desbordó un domingo; estamos ante una Montevideo abandonada por una administración que parece haber perdido la brújula de lo básico. La basura se amontona en las esquinas, los semáforos apagados son trampas mortales y, lo más grave, la falta de iluminación está regalando los barrios a la delincuencia.
La postal de una Montevideo en estado de deterioro no distingue entre zonas residenciales y periferia. Mientras la Intendencia de Montevideo (IM) se pierde en discursos de vanguardia, el vecino de a pie tiene que esquivar bolsas rotas y caminar apurado por cuadras donde las luces no prenden hace meses. Esta desconexión entre el relato oficial y la vereda sucia y peligrosa es lo que alimenta un hartazgo ciudadano que ya no tiene filtros.
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Inseguridad y falta de luz en la Montevideo abandonada
El abandono físico de la ciudad tiene consecuencias directas en la convivencia. Una Montevideo descuidada por la administración a oscuras es el escenario ideal para los arrebatos y el vandalismo. Vecinos de diversos barrios denuncian que han solicitado la reparación de luminarias en reiteradas ocasiones sin obtener respuesta, dejando cuadras enteras como «bocas de lobo» donde nadie se anima a caminar después de las ocho de la noche.
La gestión de la Intendencia de Montevideo parece no entender que la seguridad también se construye con servicios eficientes. Un espacio público con pastizales altos, lleno de basura y sin luz, es terreno cedido a los delincuentes. En esta capital en crisis urbana, el vecino se siente desprotegido no solo por la falta de patrullaje, sino por un Estado municipal que no cumple con el mantenimiento mínimo para que las calles sean transitables y seguras para los laburantes.
Semáforos y caos vial en una Montevideo abandonada
La falta de mantenimiento en la red de semáforos es otro símbolo peligroso. Cruces de alto tránsito permanecen a oscuras durante días, obligando a los conductores a jugar una suerte de ruleta rusa. La gestión municipal, tan rápida para aplicar multas por cámaras, se muestra llamativamente lenta para reparar una placa o cambiar una luminaria que evita tragedias. En una ciudad con déficit de gestión, la prioridad parece ser la recaudación y no la protección de la vida en el tránsito.
Este descontrol vial es solo una pieza más del rompecabezas. Los inspectores de tránsito brillan por su ausencia, dejando que el instinto de supervivencia ordene lo que la Intendencia debería gestionar. Cada esquina sin señalizar y cada semáforo roto es un recordatorio de que la capital está funcionando en piloto automático, sin nadie al volante que se haga cargo de la integridad de los montevideanos que pagan sus impuestos religiosamente.
Infraestructura rota y basura acumulada por todos lados
Circular por la ciudad se ha convertido en una prueba de fuego para los amortiguadores y el bolsillo. Los pozos son tantos que ya forman parte del paisaje natural de esta Montevideo abandonada que sufrimos a diario. Se aplican parches de asfalto frío que se lavan con la primera garúa, demostrando una falta total de planificación. El vecino termina pagando doble: la patente de rodados y luego el mecánico para arreglar lo que el abandono municipal rompió.
La crisis de los residuos es, quizás, la cara más visible de la desidia. Los contenedores que explotan de mugre no son solo un problema estético, sino un foco sanitario que atrae plagas y aumenta la sensación de degradación. En una Montevideo abandonada, la basura se vuelve parte del mobiliario, y la respuesta oficial suele ser culpar al ciudadano, eludiendo la responsabilidad de gestionar un servicio que es su obligación primaria.
La confianza en las instituciones se quiebra cuando el alumbrado no funciona, la basura te tapa y el bache te rompe el auto. Montevideo necesita menos marketing y más gestión real en la calle; necesita, en fin, que dejen de mirar para el costado y empiecen a cuidar a quienes mantienen el sistema con su esfuerzo diario.
¿Es posible recuperar la seguridad y la limpieza de nuestra capital o nos tenemos que resignar a vivir en esta versión decadente de una ciudad que se apaga?
