El último refugio del dictador: el estado de guerra en Cuba y la militarización total
La situación en el Caribe ha tomado un giro dramático que recuerda los peores años de la Guerra Fría, pero con un componente de desesperación institucional evidente. El Consejo de Defensa Nacional de la isla, ese órgano de control férreo manejado por la cúpula comunista, aprobó en las últimas horas los planes para declarar formalmente el estado de guerra en Cuba . Bajo la excusa de una supuesta amenaza externa, el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha decidido blindar el archipiélago, aumentando la preparación de combate y reforzando un control militar que ya asfixiaba a la sociedad civil.
Esta determinación no surge del vacío, sino de la debacle del eje autoritario en la región. La caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, tras una operación militar estadounidense a gran escala, dejó al descubierto la participación directa de fuerzas cubanas en suelo venezolano. Con la muerte de 32 militares de la isla en dichos operativos, La Habana ha encontrado el combustible perfecto para alimentar su retórica de asedio. El estado de emergencia Cuba funciona hoy como la herramienta definitiva para silenciar cualquier disidencia interna bajo el manto de la «traición a la patria».
Para el uruguayo que observa de lejos, puede parecer un movimiento defensivo, pero para quienes conocen la dialéctica castrista, es una jugada de supervivencia interna. La situación excepcional Cuba permite al Partido Comunista movilizar a la población de manera obligatoria, utilizando el miedo a la «agresión imperialista» para justificar la falta de alimentos, energía y libertades básicas. Es la doctrina militarista llevada al extremo: mientras el pueblo padece necesidades urgentes, los recursos del Estado se desvían hacia el mantenimiento de un aparato bélico que solo sirve para sostener a la élite en el poder.
La excusa de Venezuela y el impacto del estado de guerra en Cuba
El régimen ha utilizado el fallecimiento de sus soldados en Venezuela como un estandarte de guerra. En lugar de explicar qué hacían tropas cubanas sosteniendo a un dictador extranjero, Díaz-Canel ha optado por organizar ceremonias de «lealtad ciega» en La Habana. El conflicto armado en Cuba se apoya en estos actos de propaganda para reforzar la narrativa de una nación al borde del abismo. Sin embargo, detrás de las banderas y las consignas de «Patria o Muerte», lo que se esconde es un sistema que no tiene soluciones económicas ni reformas democráticas para ofrecer a sus ciudadanos.
En este contexto, la militarización no se limita a las fronteras o las costas. La defensa nacional cubana implica que cada comité de cuadra, cada centro de trabajo y cada universidad se convierta en un eslabón de la cadena de mando militar. Esta estructura facilita la persecución de opositores y el control absoluto de la información, en un momento donde la sociedad cubana reclama cambios desde hace décadas. La cúpula castrista sabe que, sin el control de las bayonetas, su permanencia en el Palacio Presidencial sería cuestión de días ante el hartazgo generalizado.
El control social mediante el estado de guerra en Cuba
La historia se repite como tragedia. Al declarar el estado de guerra en Cuba, la dictadura busca distraer la atención de la crisis profunda que enfrenta la isla tras años de pésima gestión y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. No es solo una movida geopolítica; es un castigo a la población civil que ahora deberá someterse a racionamientos más estrictos y a una vigilancia omnipresente. El discurso de «defender cada centímetro» del territorio nacional suena hueco cuando ese mismo territorio está sumido en la oscuridad por falta de combustible y con estantes vacíos.
Este giro hacia el belicismo expone las verdaderas prioridades de una dictadura que prefiere arriesgar vidas en alianzas con otros regímenes autoritarios antes que abrirse a la voluntad de su propio pueblo. El estado de guerra en Cuba es, en definitiva, la admisión de un fracaso: el fracaso de un sistema que solo puede mantenerse unido mediante el uso de la fuerza y la invención de enemigos externos para justificar su propia tiranía. Mientras la cúpula disfruta de privilegios en sus búnkeres, el cubano de a pie se ve forzado a un conflicto que no eligió.
La comunidad internacional observa con preocupación este retroceso, pero la pregunta sigue siendo la misma desde hace sesenta años: ¿hasta cuándo podrá el régimen sostener el estado de guerra en Cuba antes de que el peso de la realidad económica y el deseo de libertad terminen por derribar los muros del autoritarismo?
