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Fernando Pereira reveló que tiene familia exiliada en Caracas tras la dictadura

El presidente del FA admitió que tiene parientes en Venezuela y defendió la postura de no intervención, mientras la oposición exige condenas claras.

por Giuseppe RinaldiGiuseppe Rinaldi
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Fernando Pereira en entrevista radial

La ambigüedad de Fernando Pereira frente al espejo venezolano

En una entrevista que dejó más dudas que certezas en el plano ético, el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, volvió a encender la polémica en el programa Así Nos Va de Radio Carve. Para el dirigente, el eje del mal no parece estar en Caracas, sino en Washington. En un discurso cargado de retórica, Pereira centró sus cañones contra Donald Trump, acusando a los Estados Unidos de una «intervención armada» motivada exclusivamente por el petróleo. Sin embargo, cuando le tocó ponerle nombre a la falta de transparencia electoral de Nicolás Maduro, el léxico se volvió difuso, apelando a tecnicismos para evitar la palabra que muchos uruguayos esperan: dictadura.

La postura del líder del Frente Amplio Fernando Pereira parece atrapada en un equilibrio imposible. Por un lado, reconoce que el proceso electoral fue fallido y que no se pueden validar resultados sin actas; por otro, se niega a comparar la represión chavista con otros regímenes, argumentando que hay violaciones a los derechos humanos en «cien países más. Esta relativización del horror ajeno suena, cuanto menos, ofensiva para quienes padecen la persecución política, y deja a la oposición uruguaya en una posición incómoda frente a sus socios democráticos internacionales.

El peso de la familia y el silencio estratégico

Uno de los momentos más tensos de la charla fue cuando el presidente de la coalición de izquierda Uruguay reveló, casi como un escudo argumentativo, que tiene familia viviendo en Caracas. Según relató, se trata de parientes exiliados durante la dictadura que hoy residen en la capital venezolana. «Tengo probablemente más información que la media de los uruguayos», disparó, aunque se negó a dar detalles sobre si sus allegados tienen miedo o padecen las carencias del régimen. Este uso de la vida privada para validar un posicionamiento político es un recurso arriesgado que no logra tapar el sol con un dedo.

La pregunta que queda flotando es por qué, si maneja tanta información de primera mano, Fernando Pereira dirigente político del FA se muestra tan reticente a condenar la persecución de la disidencia con la misma energía con la que condena el «imperialismo. Para el presidente del FA, la intervención militar es el único pecado capital, mientras que la agonía de un pueblo bajo un gobierno de facto —término que aceptó a regañadientes tras un intenso ida y vuelta con las periodistas— parece ser un «asunto interno» que los venezolanos deben resolver solos, incluso sin garantías.

Negocios, «errores» y delitos en la memoria del FA

La entrevista no pudo evitar los fantasmas del pasado comercial del Frente Amplio con el chavismo. Ante la mención de casos como el de Envidrio y el procesamiento de Daniel Placeres, Fernando Pereira, titular del Frente Amplio intentó marcar una cancha ética: «hay errores y hay delitos». Sin embargo, su defensa o minimización de figuras polémicas no logra disipar la nube de sospechas sobre los vínculos económicos que históricamente han atado a ciertos sectores con la billetera de Miraflores.

Resulta llamativo que Fernando Pereira, líder del Frente Amplio insista en que los negocios fueron meramente empresariales cuando hubo figuras procesadas por su gestión en proyectos financiados por el régimen. Esta falta de autocrítica profunda es lo que impide que el sistema político construya un consenso nacional genuino sobre política exterior. No se puede pedir una política de Estado mientras se guarda en el ropero el esqueleto de una relación que fue mucho más allá de lo diplomático y que hoy condiciona la voz de la principal fuerza opositora.

El consenso imposible que busca el gobierno electo

El futuro gobierno tiene ante sí el desafío de unificar la visión del país hacia el mundo, pero con un Pereira atrincherado en la soberanía absoluta de los Estados autocráticos, la tarea parece una quimera. Pereira asegura que el FA está dispuesto a dialogar, pero sus condiciones son mínimas. Para él, cualquier uruguayo democrático debería indignarse antes con Trump que con la expulsión de millones de venezolanos de su tierra. Esta escala de valores es la que hoy fractura el diálogo nacional.

Uruguay ha tenido históricamente una conducta basada en los valores de las Naciones Unidas, pero nunca a costa de ser cómplice con el silencio ante la tiranía. La postura de Fernando Pereira parece más preocupada por desmarcarse de la «derecha reaccionaria» que por defender a los sectores democráticos venezolanos. Mientras el discurso no condene con la misma tinta el intervencionismo y el despotismo, seguirá sonando a una nostalgia ideológica que poco tiene que ver con la defensa de los derechos humanos universales en pleno siglo XXI.

¿Es posible construir una política exterior de consenso cuando una de las partes se niega a llamar a las cosas por su nombre y prefiere esperar décadas a que se desclasifiquen documentos para emitir un juicio moral?

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