Fin de la dictadura en Cuba: la frase resuena en los pasillos de Washington con una fuerza que no se veía desde la caída del Muro de Berlín. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a sacudir el tablero internacional al asegurar que el régimen liderado por Miguel Díaz-Canel está «muy cerca» de su colapso definitivo. Esta nueva embestida retórica no es un hecho aislado, sino la consecuencia directa del operativo que terminó con la captura de Nicolás Maduro, el principal pulmón financiero y energético que mantenía a la isla a flote durante las últimas dos décadas.
Para la administración republicana, el fin de la dictadura en Cuba no requiere necesariamente de una intervención militar directa, una posibilidad que Trump evitó mencionar en su reciente entrevista con Hugh Hewitt. En cambio, la estrategia se basa en una asfixia económica quirúrgica: sin el petróleo venezolano que llegaba a precios subsidiados, La Habana se enfrenta a un apagón energético y social sin precedentes. El mandatario confía en que la pérdida de este respaldo estratégico sea el catalizador que empuje al sistema hacia una implosión inevitable.
El impacto de la caída de Maduro y el fin de la dictadura en Cuba
La conexión entre Caracas y La Habana ha sido, históricamente, una relación de dependencia parasitaria que hoy parece romperse de forma irreversible. La transición política en Cuba se ve acelerado porque el acuerdo de cooperación firmado por Hugo Chávez a principios de los 2000 ha quedado herido de muerte tras la detención de Maduro. Durante años, el envío de médicos y maestros cubanos fue la moneda de cambio por un suministro de crudo que hoy, bajo el control de un gobierno interino alineado con Washington, ha dejado de fluir hacia las refinerías de la isla.

La operación militar del pasado 3 de enero no solo descabezó al chavismo, sino que también golpeó directamente a la inteligencia cubana presente en suelo venezolano. El saldo de 32 militares de la isla fallecidos durante la captura de Maduro en Caracas evidencia el nivel de involucramiento de las tropas de Díaz-Canel en la defensa del régimen venezolano. Este debilitamiento operativo, sumado al endurecimiento de las sanciones financieras que Trump firmó en 2025, deja al Gobierno cubano en una posición de extrema vulnerabilidad que hace pensar en el cambio de régimen en Cuba como un escenario inminente.
La presión de Trump hacia el fin de la dictadura en Cuba
Donald Trump ha sido claro: no habrá concesiones para La Habana mientras no existan señales reales de apertura democrática. La política de presión continuará con la prohibición de transacciones financieras y el endurecimiento de las restricciones al turismo, dos de las principales fuentes de divisas que sostienen al Partido Comunista. Para el presidente estadounidense, el fin del gobierno autoritario en Cuba es una cuestión de tiempo y resistencia. Al cerrar los caminos para que el régimen acceda a dólares frescos, la Casa Blanca busca forzar una transición que el castrismo ha evitado por más de sesenta años.

Incluso a bordo del avión presidencial, Trump ha insistido en que Cuba está «a punto de caer». El relato de Washington es que, sin el oxígeno petrolero de Venezuela, el motor de la revolución se quedará sin combustible de forma literal y figurada. Esta narrativa busca minar la moral de la cúpula militar cubana y, al mismo tiempo, enviar una señal clara a los aliados regionales sobre el nuevo orden que Estados Unidos pretende imponer en el Caribe tras la salida de Maduro del escenario político.
Perspectivas regionales sobre el fin de la dictadura en Cuba
En el cono sur, las declaraciones de Trump se miran con una mezcla de cautela diplomática y expectativa política. La transformación política en la isla cambiaría por completo la balanza ideológica de América Latina, eliminando el último bastión de la Guerra Fría en la región. Mientras algunos mandatarios, como Yamandú Orsi, abogan por salidas democráticas sin intervención externa, la Casa Blanca opta por la confrontación económica directa. Para Trump, la miseria provocada por el sistema será la que finalmente dicte la sentencia de muerte del régimen de Díaz-Canel.

Resulta evidente que el fin de la dictadura en Cuba no será un proceso sencillo ni exento de una crisis humanitaria mayor en la isla. La Habana ha demostrado una resiliencia notable frente al embargo, pero la situación actual es distinta: el padrino venezolano ya no está para rescatarlos. La falta de energía eléctrica, la escasez de alimentos básicos y el aislamiento diplomático forman una tormenta perfecta que, según el análisis de Washington, derivará en el colapso del sistema antes de lo previsto por los analistas internacionales.
¿Podrá el régimen de Díaz-Canel sobrevivir a la pérdida total del petróleo venezolano o estamos realmente ante el capítulo final de la historia revolucionaria en la isla bajo la presión implacable de Trump?
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