|
Getting your Trinity Audio player ready... |
El vacío de poder en Venezuela duró apenas un suspiro, al menos en los papeles oficiales del chavismo. Tras la detención de Nicolás Maduro y su traslado inmediato a una celda federal en Manhattan, Delcy Rodríguez fue ungida como la encargada de pilotar una transición que nace bajo el signo de la incertidumbre total. El Tribunal Supremo de Justicia del régimen, en una sesión de urgencia el sábado por la noche, dictaminó que la hasta entonces vicepresidenta asuma todas las facultades y obligaciones de la presidencia interina, buscando evitar un colapso administrativo ante la mirada atenta de la comunidad internacional.
La figura de Delcy Rodríguez surge como el último dique de contención de una estructura política que fue descabezada en un operativo de precisión por parte de las fuerzas especiales de Estados Unidos. Sin embargo, el reconocimiento más esperado no vino de las urnas ni del exterior, sino de los cuarteles. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, apareció en cadena nacional para asegurar que el Ejército respalda institucionalmente a la nueva mandataria interina, pidiendo a la población que retome sus actividades normales bajo el lema de que la «patria continúa».
Tabla de contenidos
El respaldo militar a Delcy Rodríguez en un clima de preguerra
Para que la gestión de Delcy Rodríguez tenga algún gramo de gobernabilidad, el apoyo de la cúpula militar es la condición necesaria, aunque quizás no suficiente. Padrino López, quien durante años juró lealtad absoluta a Maduro, parece haber entendido que la supervivencia de la casta militar depende hoy de una transición controlada bajo el nombre de Rodríguez. En su discurso, el general evitó mencionar los detalles de la captura de su antiguo jefe y se centró en la necesidad de orden interno, intentando proyectar una imagen de normalidad que choca de frente con los bombardeos sufridos horas antes.

Padrino López junto a la imagen de Delcy Rodríguez.
Mientras Delcy Rodríguez intenta asentar su autoridad en los despachos de Miraflores, desde Washington el tono es radicalmente distinto. Donald Trump ya dejó claro que su administración no reconoce parches institucionales y que Estados Unidos planea «gobernar el país» hasta que se concrete lo que él llama una «transición juiciosa». En este escenario, la presidencia de Rodríguez nace con el estigma de ser un gobierno en las sombras, asediado por la amenaza de un control total de las reservas petroleras venezolanas por parte del gobierno estadounidense.
El dilema del petróleo y la autoridad de Delcy Rodríguez
La gran incógnita que rodea el ascenso de Delcy Rodríguez es cómo manejará la presión económica asfixiante. Trump ha sido brutalmente honesto en sus últimas declaraciones públicas: Washington no solo busca un cambio de régimen, sino el control operativo de los recursos energéticos para evitar que sigan financiando a los enemigos de Estados Unidos. Para Rodríguez, mantener el flujo de caja que sostiene a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) será una misión casi imposible si las terminales petroleras caen bajo mando extranjero, tal como planea el Pentágono.
En este contexto, la estrategia de Delcy Rodríguez parece ser la de resistir desde la legalidad que le otorga el TSJ, esperando que el respaldo de Padrino López evite una fractura interna en los batallones. No es una tarea sencilla; con Maduro enfrentando cargos por narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína en un tribunal de Manhattan, el costo de lealtad para los mandos medios del Ejército venezolano sube minuto a minuto. La nueva presidenta interina debe convencer a sus generales de que ella es la única garantía de que no terminen todos en el mismo centro de detención de Brooklyn.
Perspectivas de la transición bajo Delcy Rodríguez
La llegada de este 2026 marcó un punto de no retorno para el chavismo. Si Delcy Rodríguez logra articular algún tipo de diálogo con los actores internacionales que no se alinearon automáticamente con el operativo de Trump, podría ganar tiempo. Sin embargo, la sombra de Cilia Flores y Nicolás Maduro tras las rejas es un recordatorio constante de que la era de la impunidad parece haber terminado. La «patria continúa», como dice Padrino López, pero bajo un libreto que ya no se escribe en Caracas, sino en los despachos de Washington y en los tribunales federales de Nueva York.
Desde el Cono Sur, el gobierno de Uruguay y el resto del bloque regional observan con cautela. No es menor que Delcy Rodríguez intente aferrarse a la silla presidencial mientras el hombre que la puso ahí espera el inicio de un juicio histórico por delitos vinculados con el uso de armas automáticas. El tablero está roto y las piezas se mueven por inercia; habrá que ver si el respaldo militar a Rodríguez es una convicción de hierro o simplemente el último acto de una obra que ya bajó el telón.
