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El tablero internacional se terminó de sacudir este domingo cuando Pekín decidió romper el silencio con un comunicado que no dejó lugar a interpretaciones tibias. China le pidió formalmente a Estados Unidos que «libere inmediatamente» a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, instando a la administración de Donald Trump a desistir de lo que consideran un intento por derrocar al gobierno de Venezuela. El reclamo, emitido por el Ministerio de Relaciones Exteriores chino, pone de manifiesto la «grave preocupación» de la potencia asiática ante lo que califican como una captura por la fuerza de un líder extranjero en su propio territorio.
Para las autoridades chinas, el operativo militar que terminó con Maduro en una celda de Nueva York no es otra cosa que una «clara violación del derecho internacional». En su declaración oficial, Pekín exigió que se garantice la integridad física de quienes hasta hace horas encabezaban el gobierno de Venezuela, subrayando que el uso de la fuerza contra un Estado soberano es una transgresión que pone en jaque la estabilidad del hemisferio. Esta postura coloca a China como el principal aliado estratégico que le queda al chavismo en el escenario global, enfrentándose cara a cara con la renovada doctrina de intervención directa de Washington.
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Reacciones regionales ante la crisis del gobierno de Venezuela
Pero China no está sola en este reclamo que ha puesto a la diplomacia uruguaya y regional en estado de alerta máxima. Desde Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva utilizó sus redes sociales para advertir que el ataque contra el gobierno de Venezuela y la posterior extracción de su mandatario «sobrepasan una línea inaceptable. Lula pidió una respuesta vigorosa de la comunidad internacional a través de las Naciones Unidas, sumándose al pedido de que se reconsidere la postura de detención y se busque una salida que no rompa las normas básicas de la convivencia entre naciones.

Maduro detenido tras liderar el gobierno de Venezuela.
En la misma línea, la cancillería de México condenó enérgicamente las acciones militares ejecutadas de forma unilateral contra el gobierno de Venezuela. El clima en la frontera colombiana también se espesó luego de que Gustavo Petro rechazara los ataques con misiles en Caracas y ordenara movimientos de tropas. La preocupación es compartida por el presidente saliente de Chile, Gabriel Boric, quien lanzó una advertencia que resonó fuerte en Montevideo: «Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro». Esta sensación de que la soberanía nacional ha quedado en un segundo plano frente al poderío militar yanki es el eje central de la condena regional.
El impacto en la soberanía y la seguridad energética
Desde Cuba, Miguel Díaz-Canel fue un paso más allá y acusó a Estados Unidos de no tener «autoridad moral» para remover por la fuerza al presidente del gobierno de Venezuela. Para la isla, la caída de Maduro no es solo una cuestión política, sino una amenaza directa a su propia subsistencia, dada la estrecha dependencia energética que mantienen con Caracas. La denuncia de una «grave transgresión» de las leyes internacionales se repite como un mantra entre los aliados del eje bolivariano, que ven en la figura de Maduro a un «secuestrado» de la justicia estadounidense.

Por su parte, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, mantuvo una postura de equilibrio pero igualmente crítica con el método empleado. Si bien aclaró que España no reconoce la legitimidad del régimen de Maduro, también enfatizó que su país no avalará una intervención que viole el derecho internacional y empuje a la región a un «horizonte de belicismo e incertidumbre. El mensaje es claro: la salida para el gobierno de Venezuela debería haber sido dialogada y justa, y no el resultado de una operación de fuerzas especiales que ha dejado a la Carta de las Naciones Unidas como papel mojado.
La mirada desde Pyongyang y la tensión en el Caribe
Incluso desde rincones más alejados, como Corea del Norte, llegaron condenas fulminantes. La cancillería norcoreana calificó lo ocurrido como un «acto hegemónico» y la violación de soberanía más grave de los últimos tiempos contra el gobierno de Venezuela. Para Pyongyang, Washington está demostrando una vez más una «naturaleza deshonesta y brutal», interviniendo en un país donde, según su visión, no existen intereses nacionales vitales que justifiquen una acción de guerra de tal magnitud.

Mientras tanto, en Uruguay, el sistema político observa con cautela cómo se reconfigura el poder en el Caribe. El gobierno de Venezuela ahora está, en la práctica, bajo una tutela externa que genera tantas esperanzas de libertad como temores de una ocupación prolongada. China ha dejado claro que no piensa mirar para el costado, y la presión sobre la Casa Blanca para que garantice la seguridad de Maduro no hará más que aumentar en las próximas horas. La pregunta que queda picando en el aire es si este reclamo internacional tiene fuerza suficiente para frenar la maquinaria judicial neoyorquina o si ya es demasiado tarde para el chavismo.
