A esta altura del partido, la estrategia de «tapar el sol con la mano» parece ser la única herramienta que queda en el cajón de Álvaro Perrone. Cuando el diputado de Cabildo Abierto calificó de «show» las denuncias en torno al caso María Dolores, no solo cometió un error de cálculo político; dejó al descubierto una soberbia que irrita, que desconecta y que, sobre todo, subestima la inteligencia de la ciudadanía.
Decir que «no hay delito» mientras la Justicia avanza con paso firme no es una defensa, es una huida hacia adelante. Es el clásico recurso de quien, acorralado por los hechos, prefiere atacar al mensajero antes que responder por la gestión de los suyos. Perrone se mueve con la comodidad de quien se cree dueño de la verdad absoluta, ignorando que el ruido que él llama «show» es, en realidad, el sonido de la transparencia exigiendo respuestas.

El peligro de la soberbia política
Hay una delgada línea entre la defensa apasionada y el desprecio por las instituciones. Cuando un legislador se toma la licencia de sentenciar que un proceso investigativo es una puesta en escena, está enviando un mensaje peligroso: que para su sector, las leyes son sugerencias y las críticas son apenas una molestia mediática que debe ser barrida bajo la alfombra.
El «show», diputado Perrone, no lo hace la Justicia ni la prensa que informa sobre la corrupción; el show es este constante manoseo de los símbolos públicos, donde cada vez que un dirigente de Cabildo Abierto queda en la mira, la respuesta automática es victimizarse. Esa es la verdadera puesta en escena que ya tiene cansada a la gente. La ciudadanía no es tonta, y el desprecio con el que se manejan estas situaciones solo termina cavando un pozo más profundo para su propia credibilidad.
La verdad es terca, aunque la quieran ignorar
Perrone puede hablar todo lo que quiera, puede dar todas las conferencias de prensa que necesite y puede intentar ridiculizar a quien denuncie irregularidades. Pero hay algo con lo que no va a poder: con el expediente. Si realmente no hay nada, ¿por qué tanto nerviosismo? ¿Por qué la urgencia de descalificar, de ningunear y de gritar «show» a los cuatro vientos?
El legislador se equivoca si piensa que con esa actitud logra cerrar el tema. Lo único que hace es ponerle un reflector gigante a su propia falta de argumentos. La política uruguaya, afortunadamente, tiene memoria. Y cuando el tiempo pase y el polvo se asiente, lo único que quedará será la evidencia, no las bravuconadas de un político que confunde la defensa de su feudo con el respeto por la ética pública.