La política uruguaya asiste, una vez más, a un espectáculo de desconexión que roza lo insultante. Mientras el ciudadano de a pie se debate entre la inflación de los alimentos y el miedo de no volver a casa por la ola de violencia que nos desangra —con 275 hurtos y 75 rapiñas diarias—, la vicepresidenta Carolina Cosse parece haber encontrado su nueva «joya» arquitectónica: un anexo de mármol y soberbia en el Palacio Legislativo. Lo más grave no es solo el gasto innecesario en un edificio que ya rebosa de salas vacías, sino la forma en que se gestó: entre sombras, filtraciones y el ninguneo a sus propios correligionarios.
El secretismo como método: ¿Qué oculta la vicepresidenta?
Resulta tragicómico observar la interna del Frente Amplio. Mientras los senadores felicitaban proyectos de infancia en su grupo de WhatsApp, se desayunaron por el informativo que su propia líder en el Senado les había ocultado un proyecto millonario. Cosse, presente en las reuniones del día anterior, prefirió el silencio cómplice. ¿Por qué ocultarlo? ¿Acaso el gestión de Carolina Cosse se ha vuelto un compartimento estanco donde ni sus propios senadores tienen voz ni voto?
Cuando la noticia explotó, la respuesta de la vicepresidenta fue el clásico manual del manual de la victimización: culpar a una «operación de prensa». Es la excusa perfecta para quien confunde transparencia con traición. No hubo una operación mediática; hubo una reacción de sentido común ante un proyecto que pretende construir sobre un helipuerto en desuso cuando el país tiene las prioridades en el subsuelo.
El mármol frente a la sangre: 4 muertes cada 36 horas
Mientras en la Comisión Administrativa se discuten trayectos «semipeatonales» y helipuertos reconvertidos, en las calles de Uruguay la realidad es un parte de guerra. Es una bofetada al pudor que se gasten 10 millones de dólares en «mejorar el vínculo humano» con un edificio de piedra, cuando el vínculo humano en los barrios se está rompiendo a balazos. Tenemos cuatro muertes violentas cada 36 horas. Ese es el Uruguay real, no la maqueta de lujo que Cosse y su círculo de confianza —hombres como Gutiérrez y Castro— intentan vendernos como progreso.
¿Cómo puede una administradora dormir tranquila proyectando bibliotecas y oficinas anexas mientras el presupuesto para la pobreza infantil es una limosna comparado con sus delirios de grandeza? La propuesta de este anexo no es una «reforma urbana»; es una complicación al tránsito y una bofetada a la austeridad que se le pide al contribuyente cada vez que sube el combustible o los impuestos.
El juicio de la historia y el costo del ego
Ya lo vimos con el Antel Arena: un proyecto que iba a costar una cifra y terminó costando tres veces más, bajo una gestión que Cosse defendió a capa y espada. Ahora, el patrón se repite. Se eligen «hombres de confianza» para iniciar contactos, se oculta la información a los legisladores y se presenta como un hecho consumado bajo el pretexto del centenario del Palacio.
El dinero de los uruguayos no es para que los políticos se sientan más cómodos en sus despachos. Es para los policías que no tienen chalecos, para los niños que asisten a escuelas que se llueven y para frenar la hemorragia de inseguridad que nos tiene de rehenes. Si el proyecto avanza, que sea con el nombre de quienes eligieron el mármol sobre la vida de sus compatriotas. La historia, y el bolsillo de los uruguayos, no olvidan este tipo de «disrupciones».