Hay un momento donde la mala administración deja de ser un error para convertirse en una perversión moral. Hoy, Uruguay no llora por la falta de espacio en su Parlamento; llora porque en sus barrios la vida vale menos que una baldosa. Mientras Carolina Cosse dibuja planos para un anexo de 10 millones de dólares, hay madres en este país que limpian la sangre de sus hijos de la vereda. Es un surrealismo macabro: queremos un Palacio Legislativo «centenario» y «humano», cuando lo único humano que queda en nuestras esquinas es el miedo que se huele en el aire.
La «faraona» y su monumento al vacío
Carolina Cosse parece padecer una ceguera selectiva que solo le permite ver cemento donde debería haber soluciones. Su gestión, marcada por el rastro de deudas del Antel Arena, vuelve a apostar al ladrillo para tapar el fracaso. Gastar fortunas en oficinas «necesarias» mientras el país tiene las tripas al aire es una provocación que debería causar vergüenza ajena. Dicen que el dinero «ya está asignado» por el aniversario. ¿Acaso no hay una pizca de decencia para entender que ese dinero pertenece a los niños que hoy se acuestan con hambre o a las escuelas que se llueven sobre pupitres rotos?
Usar un CAIF o una residencia estudiantil como «escudo humano» para justificar este gasto es caer en el nivel más bajo del populismo arquitectónico. Es el maquillaje de una vanidad que no se sacia. Mientras el presupuesto educativo se congela y las promesas para la pobreza infantil se vuelven cenizas, ellos eligen el mármol. Prefieren que un legislador tome café en una sala nueva antes que asegurar que un jubilado no sea rapiñado al salir a cobrar su miseria.
La contabilidad de la muerte: el precio de su indiferencia
Hablemos de los números que no aparecen en los planos de la intendente. Hablemos de los 275 hurtos por día. Hablemos de las 75 familias que, cada jornada, ven cómo les arrancan con violencia lo que ganaron trabajando. Pero, sobre todo, hablemos de lo que debería hacernos caer una lágrima de rabia: cada 36 horas, cuatro uruguayos son asesinados.
Mientras ellos discuten si el anexo tendrá bibliotecas o archivos, hay cuatro ataúdes que se cierran. Hay cuatro familias que nunca más volverán a celebrar un cumpleaños. ¿Cómo puede un político dormir en paz planeando una «reforma urbana» cuando salir a trabajar en este país se ha vuelto un sorteo con la muerte? La desconexión es tan profunda que ya no parece falta de gestión, parece falta de alma.
El robo al futuro y la sentencia de la historia
La voracidad de este sistema no conoce el pudor. Manotean el dinero del Fonaza, recortan en educación y ponen la lupa en los ahorros de las AFAP para mantener una maquinaria estatal que solo sirve para alimentarse a sí misma. Pero para las comodidades de la casta política, siempre hay fondos «especiales». Cada dólar que se gaste en ese anexo innecesario es un chaleco antibalas que no llega a un policía, es una cámara de seguridad que no se instala, es un plato de comida que se le quita a un huérfano de esta guerra invisible.
Este anexo es una bofetada de mármol en la cara de un pueblo que ya no aguanta más. Es una complicación urbana que solo servirá para que los responsables de nuestra ruina circulen más cómodos. Si no tienen el decoro de frenar esta obscenidad, que el juicio de la historia los persiga. Que cada vez que vean ese edificio, recuerden que lo construyeron sobre la desidia, sobre el miedo de los barrios y sobre la sangre de los que no tuvieron la suerte de vivir en el resguardo de un despacho oficial. Ustedes eligen el mármol; nosotros ponemos los muertos