El atardecer del 3 de octubre de 1226 marcó un quiebre definitivo en la historia espiritual de la Cristiandad occidental. En la humilde capilla de Santa María de los Ángeles, en el paraje agreste conocido como la Porciúncula, fallecía a los 44 años Giovanni di Pietro Bernardone, inmortalizado históricamente como Francisco de Asís. Eran aproximadamente las siete de la tarde, justo con la caída del sol según el cómputo litúrgico medieval, cuando el fundador de la orden franciscana cerró sus ojos rodeado de sus hermanos de comunidad. Hoy se cumplen exactamente 800 años de aquel tránsito que transformó de raíz la devoción y la sensibilidad de la época.
Lejos de la imponente arquitectura monumental que hoy cobija el lugar, la Porciúncula del siglo XIII era un entorno de sotobosque tupido, encinas viejas y terrenos pantanosos en la llanura de Asís. Francisco eligió conscientemente ese rincón silvestre para pasar sus últimos momentos, buscando que su despojo material guardara plena coherencia con la pobreza teológica y humana que predicó durante toda su vida.

Un cuerpo abatido y un gesto supremo de despojo
En los días previos a su desenlace físico, el estado de salud del santo se encontraba sumamente deteriorado por severas dolencias gástricas, una ceguera progresiva derivada de un tracoma contraído en su viaje a Oriente y las sangrantes heridas de los estigmas en sus manos, pies y costado, recibidos en el monte Alvernia en 1224. Pese a los intensos dolores, dictó la última estrofa del Cántico de las Criaturas, dedicada a la «hermana muerte corporal».
En sus instantes finales, Francisco pidió un gesto de radicalidad absoluta: solicitó ser despojado de su hábito de lana basta y ser recostado completamente desnudo sobre la tierra de su celda, buscando imitar la desnudez de Cristo en la Cruz. Tras permanecer un tiempo sobre el barro y el polvo del suelo, su vicario general, fray Elías, le impuso un hábito sencillo prestado por otro fraile en calidad de préstamo temporal.

La llegada de Jacopa de Settesoli y la despedida en San Damián
Junto al lecho de agonía no solo aguardaban frailes de la primera hora como León, Ángel, Rufino y Masseo. También estuvo presente la noble romana Jacopa de Settesoli, a quien el santo llamaba cariñosamente «Frate Jacopa». Francisco había intentado enviarle una carta urgente para solicitar su presencia; sin embargo, Jacopa se presentó de forma imprevista en la Porciúncula trayendo consigo el paño de mortaja de color ceniza, velas para las exequias y dulces tradicionales de almendra y miel que le gustaban al fundador. Rompiendo las reglas de clausura por deseo de Francisco, fue ella la encargada de amortajar el cuerpo.
A la mañana siguiente, el 4 de octubre de 1226, el cortejo fúnebre trasladó el cuerpo hacia la ciudad fortificada de Asís, realizando una emotiva parada en el monasterio de San Damián. Allí, Santa Clara de Asís (Chiara Offreduccio) y su comunidad de religiosas clarisas pudieron contemplar y despedir por última vez los restos del religioso a través de la pequeña ventana del locutorio.

La Colina del Paraíso y la tumba perdida durante seis siglos
Posteriormente, los restos de Francisco fueron conducidos a la colina contigua de Asís, conocida en aquel tiempo como la «Colina del Infierno» (Colle del Inferno), un terreno extramuros donde la justicia civil ejecutaba a los condenados y se sepultaba a los marginados. Siguiendo su deseo expreso de compartir la suerte de los olvidados, fue enterrado en ese sitio. Tiempo después de su canonización, el papa Gregorio IX rebautizó el emplazamiento como «Colina del Paraíso» (Colle del Paradiso) e impulsó la construcción de la majestuosa Basílica Papal de San Francisco.
Un dato histórico sobresaliente es que la tumba exacta del santo permaneció oculta y perdida para el mundo durante casi 600 años. El sarcófago de piedra rústica fue redescubierto recién en diciembre de 1818, tras 52 noches de excavaciones subterráneas clandestinas bajo el altar mayor de la Basílica Inferior. Hoy, en esa cripta austera, el santo reposa acompañado por sus cuatro compañeros más cercanos —León, Rufino, Masseo y Ginebro— y, en el nicho frontal de la escalera, la tumba de la propia Jacopa de Settesoli.

Un mensaje de relevancia contemporánea y regional
La conmemoración del Tránsito franciscano es una festividad litúrgica central para la familia franciscana, la cual cuenta con presencia histórica en América Latina y en el Cono Sur a través de comunidades, obras sociales y parroquias. La propuesta ética de Francisco —basada en la ecología integral, el cuidado de la casa común, la fraternidad universal y la defensa de los sectores vulnerables— mantiene una resonancia directa ante los desafíos sociales, económicos y ambientales que atraviesa la región en el siglo XXI.




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