El 1 de noviembre marca el Día de Todos los Santos, una importante festividad católica que en México se fusiona con tradiciones prehispánicas relacionadas con la celebración y el recuerdo de las almas de los difuntos, especialmente los niños fallecidos, en el contexto del Día de Muertos. En esta fecha, muchas familias mexicanas retiran por completo las ofrendas que han preparado, proceso que generalmente culmina el 3 de noviembre, día en que concluye la visita de las almas de los adultos fallecidos.
Este sincretismo cultural, resultado de la mezcla entre el catolicismo y las tradiciones indígenas, dio origen a la celebración del Día de Muertos en México. La festividad, que tiene raíces que se remontan al siglo XI, fue impulsada inicialmente por el abad de Cluny, quien estableció esta fecha para honrar a los mártires cristianos que aún no habían sido canonizados formalmente, según lo documenta el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Posteriormente, la Iglesia romana adoptó esta costumbre y la incorporó en su calendario litúrgico, estableciéndola oficialmente en el 1 de noviembre.
La tradición del Día de los Fieles Difuntos y el sincretismo cultural
El 2 de noviembre, conocido como Día de los Fieles Difuntos, se reserva para recordar a las almas de los adultos fallecidos. En México, los evangelizadores españoles lograron sincronizar esta celebración con las prácticas indígenas de culto a los muertos, que se practicaban en distintas etnias mesoamericanas desde hace por lo menos 3,000 años. Como resultado de esta fusión cultural, hoy en día se reconoce internacionalmente como el Día de Muertos, y ha sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Celebraciones y variaciones en las ofrendas
La tradición mexicana divide la celebración en dos jornadas distintas con destinatarios específicos. El 1 de noviembre se dedica a honrar a los niños y niñas fallecidos, comúnmente llamados «los angelitos», con ofrendas que incluyen dulces, juguetes y alimentos sin picante, en respeto a los gustos que tenían en vida. Por su parte, el 2 de noviembre, dedicado a los adultos, las ofrendas suelen complementarse con bebidas alcohólicas, cigarros y los platillos favoritos del difunto, siguiendo las costumbres populares.
Las actividades de preparación no se limitan únicamente esos días. En varias regiones del país, las tradiciones comienzan a partir del 27 de octubre, día dedicado a las mascotas fallecidas, y continúan el 28 con las personas que murieron de manera trágica. Para el 29 de octubre se recuerda a aquellos que perdieron la vida en circunstancias relacionadas con el agua, y el 30 a las almas consideradas «olvidadas», aquellos que no tienen familiares que las visiten.
El ritual previo al Día de Todos los Santos: los niños no bautizados y las mascotas
El 31 de octubre, previo al Día de Todos los Santos, se realiza la evocación a los niños no bautizados y a los bebés que nunca nacieron. Según la tradición, durante esa noche se cree que las almas infantiles llegan a nuestras vidas y permanecen hasta la madrugada del 1 de noviembre. En esa misma noche, se inicia la espera de los adultos, marcando el fin del paso de los angelitos por el mundo de los vivos.
Por ello, muchas familias que arman altares exclusivamente para los niños suelen desmontarlos o convertirlos en cuanto termina el 1 de noviembre, con el fin de dar paso a las ofrendas dedicadas a los adultos. La fecha considerada tradicional para retirar por completo las ofrendas es el 3 de noviembre, una vez que las almas adultas han concluido su visita y regresan al inframundo. La mayor parte de las familias desmonta los altares en un horario que va de las 14:00 a las 18:00 horas de ese día.
Costumbres y elementos tradicionales en la colocación de las ofrendas
No existe una forma estrictamente definida para la colocación de las ofrendas, aunque algunos elementos son comunes en la tradición, como el agua, las flores de cempasúchil y la sal. Algunos hogares adelantan la despedida en la tarde o noche del 2 de noviembre, considerando que las almas ya se alimentaron y están listas para regresar a su hogar espiritual. Otros prefieren esperar hasta el día siguiente para asegurarse de que todas las almas hayan tenido oportunidad de visitar el altar. Debido a la antigüedad de estas creencias, que se remontan a las culturas indígenas prehispánicas, las costumbres varían en diferentes regiones del país.
Según estas tradiciones, los alimentos y objetos colocados en la ofrenda no deben ser consumidos inmediatamente después de retirarlos del altar, ya que se cree que contienen la energía de los espíritus que los visitaron. Algunos hogares comienzan a desmontar los altares desde la noche del 2 de noviembre, en un acto simbólico de despedida.
Tras el desmontaje de las ofrendas, las familias suelen compartir entre los vivos los platillos, panes y frutas que permanecieron en exhibición durante los días de celebración, como parte de un cierre simbólico del Día de Muertos. Este acto final ayuda a cerrar el ciclo de la conmemoración, permitiendo el recuerdo y el respeto hacia los seres queridos que ya no están físicamente presentes.





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