La Importancia de los KPIs y Objetivos en las Empresas Modernas
Lograr cumplir con KPIs y objetivos es el fin supremo del colaborador moderno. En un mundo altamente competitivo, también en el entorno laboral, la clave es entregar el valor por aquello por lo que se nos paga. Hasta aquí, todos estamos de acuerdo.
Confiamos en nuestros líderes y su capacidad de decidir correctamente. Esto implica que confiamos también en los objetivos y KPIs que definen y defienden en cada trimestre, en cada período fiscal. Es impresionante la cantidad de horas que dedican a llegar a acuerdos y negociar internamente hasta que queda por escrito lo que hay que hacer. A partir de ahí, comienza la carrera y la competencia.
El Desafío de Comunicar el Propósito
Sin embargo, cabe hacerse una sencilla pregunta: ¿puede ser que la alta dirección dedique tanto tiempo a definir el “qué” y, en ocasiones, el “cómo”, que termine olvidando transmitir e inspirar a sus organizaciones sobre el “por qué” y el “para qué”? Es decir, ¿qué lugar ocupa el Propósito en la planificación y en la ejecución de la estrategia?
La Cultura de una empresa refleja cómo trabajamos y entendemos la manera de hacer las cosas. Es la respuesta a los estímulos (o la falta de ellos) internos de una compañía. Cuando no se orienta conscientemente, la cultura no desaparece: se desarrolla por sí sola, sin garantía de alineamiento con la estrategia. Cada área establece sus prioridades, cada responsable interpreta los objetivos a su manera y cada persona termina decidiendo qué considera importante.
Integrar el Propósito con los Objetivos
El Propósito ayuda a reducir ese ruido. No se trata de una frase inspiradora en la recepción ni de una presentación que se repite durante la convención anual. Hablamos de una razón de ser que permite comprender “por qué” hacemos lo que hacemos y cómo contribuye cada decisión al resultado colectivo.
Cuando el propósito está claro, los indicadores adquieren contexto. Un equipo comercial puede tener como objetivo aumentar las ventas, pero necesita saber qué crecimiento busca la compañía y a qué precio está dispuesta a conseguirlo. Si solo se premia el volumen, quizá se vendan productos poco rentables, se prometan condiciones imposibles de cumplir o se sacrifiquen relaciones comerciales a largo plazo. El KPI puede estar en verde mientras el negocio se deteriora.
El Rol de la Alta Dirección en la Planificación Estratégica
Por eso, la responsabilidad de la alta dirección no termina al aprobar el presupuesto y repartir los objetivos. Debe asegurarse de que las personas entiendan las prioridades, conozcan los criterios que orientan las decisiones y vean coherencia entre lo que la empresa declara y lo que realmente reconoce, recompensa o sanciona. De poco sirve hablar de colaboración si los incentivos fomentan la competencia entre departamentos. Tampoco tiene sentido proclamar una apuesta por el cliente si las decisiones se toman exclusivamente para mejorar el resultado del trimestre.
No se trata de sustituir los resultados por buenas intenciones. Se trata de conseguir que los resultados respondan a una dirección compartida y sean sostenibles en el tiempo. Volvamos entonces al huevo y la gallina. ¿Qué va primero: los objetivos que orientan el trabajo o el Propósito que les da sentido?
La respuesta no exige elegir uno y descartar el otro. El Propósito sin objetivos corre el riesgo de quedarse en discurso; los objetivos sin propósito pueden llevarnos muy eficientemente en la dirección equivocada.
La tarea de la alta dirección no es elegir entre ambos, sino conseguir que cada objetivo tenga una razón de ser y que cada Propósito se refleje en decisiones concretas. No basta con alcanzar las metas. También importa qué construimos mientras las alcanzamos.






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