Hay una frontera ética que separa al periodismo incisivo del simple e irrecuperable miserable. Lo ocurrido el pasado domingo en el estudio de Doble Vía (Canal 12) contra el exdiputado y docente constitucionalista Eduardo Lust no representó un ejercicio de fiscalización del poder; fue, en cambio, una emboscada carroñera diseñada para el linchamiento público, la humillación adrede y el amarillismo de baja estofa.
Sin un cargo gubernamental en juego ni presupuesto público bajo su administración, Lust fue sometido a una inquisición sobre sus finanzas familiares, los atrasos escolares de sus hijos en épocas de vacas flacas y hasta el recuerdo íntimo de su difunta esposa, Alicia. Bajo la falsa premisa del «derecho a saber», la dupla integrada por Leonardo Haberkorn y Juanchi Hounie prefirió hurgar en las heridas privadas de un ciudadano antes que confrontar ideas, revelando la alarmante decadencia de cierta prensa que confunde el rigor con el ensañamiento.
La carta de una esposa difunta y la mezquindad convertida en libreto
El verdadero límite moral se perforó cuando la conducción del ciclo decidió desempolvar una confidencia privada referida a la carta que la esposa de Lust le dejó antes de fallecer. ¿Qué cometido periodístico o de relevancia republicana persigue exponer el luto de una familia en un set de televisión? Ninguno. El único objetivo traslúcido fue desestabilizar emocionalmente al entrevistado para cobrar el botín en forma de rating o clips virales para las redes.
Del mismo modo, el manoseo sobre los compromisos económicos resueltos por el exlegislador con la Scuola Italiana o la Intendencia de Montevideo denota una intencionalidad corrosiva. Frente al acoso, Lust mantuvo un temple admirable, respondiendo con la soltura y sobriedad de quien no tiene nada que ocultar, dejando en evidencia la pequeñez de sus interrogadores y la absoluta falta de altura del intercambio.
«¿Cuál es la razón de humillar a la persona? Porque ellos quisieron humillarme. No me humillaron, pero quisieron humillarme», sentenció el propio exlegislador tras recibir una avalancha incalculable de solidaridad popular.
¿Fuego propio o encargo de pasillo? El tufillo a mandado en la televisión abierta
La sospecha de un «mandado» o una operación dirigida flota pesadamente sobre el set de Canal 12. La insólita inclusión de preguntas geopolíticas sobre el conflicto en Oriente Medio —diseñadas con la evidente e infantil intención de generar una grieta entre Lust y el comunicador Orlando Petinatti— confirma que la pauta no fue producto de la inocencia, sino de una maquiavélica estrategia de desgaste.
Las explicaciones posteriores del propio Haberkorn en sus plataformas digitales, intentando justificar el escrache con sofismas sobre declaraciones juradas y registros públicos, no hacen más que agravar la falta. El periodismo no es la patrulla judicial del morbo ni el cobrador de cuentas ajenas; cuando la profesión se degrada a la categoría de policía de la vida privada, el comunicador deja de ser un perro de guardia de la democracia para convertirse en un simple mandadero con micrófono.
El respaldo popular como respuesta a la prepotencia mediática
Para desgracia de los ejecutores del acoso televisivo, el tiro les salió por la culata. La dignidad con la que Eduardo Lust sorteó las embestidas desató una ola espontánea de respaldo ciudadano, traducida en miles de mensajes de afecto, llamados de dirigentes de todo el arco político y un repudio generalizado hacia la prepotencia de los entrevistadores.
El público uruguayo, que conserva una sensibilidad especial para identificar la mala fe y el ensañamiento, le dio la espalda a la provocación. Mientras el exlegislador anunció su retiro temporal de las pantallas con la cabeza en alto, los adalides de la supuesta «verdad» quedaron atrapados en la trampa de su propia mezquindad.
La urgente necesidad de rescatar la ética en los medios masivos
El episodio sufrido por Eduardo Lust sienta un antecedente peligroso para la convivencia pública en Uruguay. Si la televisión abierta valida el hostigamiento sobre las familias y los muertos como herramienta de medición de audiencia, el debate político se reducirá a una contienda de fango donde nadie estará a salvo.
Resulta prioritario que las audiencias y las propias empresas de comunicación pongan un freno al periodismo de extorsión y resguarden la dignidad humana frente a la tiranía del morbo.






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