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Escándalo de narcolavado en el Partido Nacional: piden licencia y saltan renuncias

Tras la condena de su asesor por tráfico de armas y lavado de activos vinculados a 260 kilos de droga, el oficialismo reconoció una "enorme gravedad" e inició sanciones internas.

Paquetes de pasta base incautados por la Policía en un operativo antidrogas.
El Partido Nacional derivó a Ética al edil Gonzalo Gómez por el escándalo de su asesor condenado.

El escándalo de infiltración del narcotráfico en las estructuras del poder político sumó un capítulo fulminante. La Comisión de Asuntos Políticos del Partido Nacional resolvió de urgencia enviar a la Comisión de Ética al edil de Montevideo Gonzalo Gómez y recomendar la aceptación inmediata de la renuncia de su asesor, Lucio Leiva, a la Comisión Departamental de Jóvenes. El impacto de la causa judicial forzó una reacción desesperada de la cúpula blanca para contener los daños.

La decisión interna se tomó luego de que el presidente del Directorio, Álvaro Delgado, mantuviera una reunión privada con Gómez tras su regreso del exterior y exigiera que el cuerpo político lo escuchara en la misma jornada. La gravedad del caso quedó al desnudo: Leiva, quien ocupaba un cargo de confianza abonado con fondos públicos en la Junta Departamental de Montevideo, fue condenado a dos años y seis meses de prisión por lavado de dinero y tráfico de municiones tras la incautación de más de 260 kilos de pasta base en la Operación Trazador.

Frente a la presión acumulada, Gómez debió acordar la cesantía formal de Leiva de la Junta y solicitar licencia a su cargo en el Directorio nacionalista. «Las circunstancias de que una persona condenada por narcotráfico haya accedido a un cargo de confianza política es de enorme gravedad», sostuvo la comisión en el comunicado al que accedió El Observador, admitiendo que el desconocimiento de los hechos no exime a los dirigentes de su responsabilidad de actuar con la debida diligencia.

Negligencia, favoritismo y el colador de los cargos de confianza

El procesamiento de Leiva deja al descubierto una grieta letal en los mecanismos de selección de la clase política uruguaya. La asignación descontrolada de cargos de asesoría por mero amiguismo o militancia sectorial transformó a las instituciones en un terreno fértil para el desembarco del crimen organizado. Que un militante con vínculos directos con el tráfico de estupefacientes y de municiones operara impunemente desde un despacho oficial representa una afrenta directa a la ciudadanía.

En perspectiva histórica, Uruguay observa cómo el velo de la «excepcionalidad democrática» se desmorona a pasos agigantados. Las advertencias sobre la penetración del narco en la vida institucional pasaron de ser teorías o debates de campaña a expedientes judiciales con condenas firmes. La falta de escrutinio sobre quiénes ingresan a la función pública muestra una imperdonable desidia partidaria.

El intento del oficialismo por abroquelarse detrás de la «sorpresa» o la «buena fe» resulta insostenible frente al calibre de la incautación realizada en el barrio Brazo Oriental. La negligencia de habilitar el cobro de sueldos públicos a actores vinculados al delito mina de manera irreversible la credibilidad de la función pública.

La sombra del narcolavado que amenaza al Cono Sur

La crisis institucional desatada en Montevideo no es un hecho aislado, sino que se alinea con un patrón de infiltración criminal que carcome a las democracias de América Latina. Las organizaciones dedicadas al tráfico de estupefacientes han perfeccionado sus métodos para camuflar el dinero sucio a través de la política, buscando protección, impunidad e influencia en la toma de decisiones.

En la región, el blanqueo de capitales a través de redes de cobranza, locales comerciales periféricos y flujos de efectivo intensivos representa el talón de Aquiles de los sistemas financieros. La investigación judicial de la Operación Trazador apunta ahora sus reflectores hacia las ramificaciones comerciales de la red, incluyendo la revisión de una sucursal de pagos perteneciente a la esposa del dirigente Jorge Gandini.

El avance de las fiscalías antidroga demuestra que las fronteras entre el hampa y la gestión política se han vuelto alarmantemente porosas en los países del Cono Sur, exigiendo controles financieros implacables sobre cualquier figura pública o su entorno directo.

Declaraciones de compromiso y la mira en la Fiscalía

Desde el Partido Nacional, los pronunciamientos públicos buscaron despegar desesperadamente a la colectividad de las maniobras delictivas de Leiva, mientras Gandini aseguró en conferencia de prensa que él y su familia están a disposición de los tribunales y que cuentan con la documentación requerida para demostrar que no tienen «nada que ocultar».

«Confiamos plenamente en la actuación de la Fiscalía y la Justicia, esperando que se respeten las garantías del proceso y la presunción de inocencia», señalaron en el comunicado oficial emitido por la cúpula blanca tras la reunión dominical.

No obstante, desde la oposición y amplios sectores de la sociedad civil se señala que los gestos de desvinculación administrativa llegan tarde, cuando el daño a la credibilidad institucional de la Junta Departamental ya está consumado.

Un escenario político sacudido y sin margen de error

La derivación del caso a la Comisión de Ética del Partido Nacional marcará la pauta de las consecuencias internas que afrontará el edil Gonzalo Gómez. Mientras tanto, el avance de la carpeta fiscal a cargo de la Fiscalía de Estupefacientes promete revelar nuevas derivaciones y eventuales responsabilidades en la red de lavado de activos.

El sistema político uruguayo queda así arrinconado frente a una exigencia ciudadana insoslayable: terminar con la complacencia, endurecer los controles sobre el entorno de los legisladores y demostrar con hechos que las instituciones no están a la venta ni al servicio del narcotráfico.

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