Cine

El final de ‘Dulce sabor a muerte’ revela una crítica social tras el gore

Una película de gore desvela un mensaje sobre la pederastia en iglesias y la venganza contra los que la ocultaron

Un caso de acusación injusta en un sistema religioso revela cómo las instituciones pueden ocultar abusos para mantener la autoridad
Un caso de acusación injusta en un sistema religioso revela cómo las instituciones pueden ocultar abusos para mantener la autoridad

Eli Roth ha apostado todo en esta película, que supera en muertes a casi cualquier otra de su carrera y hasta a Terrifier 3. Lo que parece una simple locura de gore se convierte en un relato más profundo cuando se analiza el final. En un escenario clave, un grupo de chicos abre la cabeza de un hombre y uno de ellos toma un sacabolas para hacer un helado con el cerebro y se lo da a la persona que está lobotomizando. La película gira en torno a ese momento durante una hora y media, pero Roth deja claro al final que hay una crítica social tras el caos visual.

A primera vista, Dulce sabor a muerte parece solo un espectáculo de sangre y violencia infantil. Sin embargo, su estructura revela una intención más seria: denunciar la pederastia en las iglesias. En una escena generada con inteligencia artificial, se expone el pasado del personaje principal, Jonathan Smiley, un extranjero acusado injustamente de abusar de niños. Los niños, bajo presión, declaran mentiras en un juicio que termina con su condenación. Lo cierto es que los verdaderos abusadores eran los curas.

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La trama de 'Dulce sabor a muerte' alberga una denuncia sobre el abuso religioso

Lo que nadie prevé es que Smiley, tras ser encarcelado, se encuentra con un nigromante que le ofrece venganza a cambio de su alma. Este giro cambia completamente el enfoque: no se trata de matar a niños, sino de vengarse de los adultos que lo acusaron y lo encerraron. Para lograrlo, convierte a todos los niños del pueblo en zombis que buscan sangre.

Pero los planes no salen bien. Al final, un niño que aún no ha sido transformado mata al nigromante en el cementerio, solo para descubrir que dentro del ataúd están sus padres. El nigromante era, de hecho, el sacerdote que le engañó para que Smiley pudiera llevar a cabo su venganza. La trama se desvía así: el asesino principal no mata a los niños, sino a quienes lo condenaron.

Al final, Jonathan Sm inicia su huida hacia otro pueblo, dejando a los niños sin adultos y profundamente traumatizados por haber matado a sus padres. Lo que parece una historia de venganza se convierte en un mensaje claro: no todos los culpables están visibles, y a veces el verdadero mal está oculto bajo la fachada religiosa.

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