Los devastadores terremotos en Venezuela han dejado un rastro de destrucción y silencio en La Guaira, donde la tragedia se vive de forma profundamente personal. Alexander Lafont, un funcionario policial de 49 años, recorre desde hace días los refugios improvisados y las ruinas de Tanaguarena con una sola obsesión: encontrar a su hijo de 12 años, Aaron, en medio de un caos informativo que dificulta su búsqueda y desespera a cientos de familias.
La angustia tras los terremotos en Venezuela: una búsqueda sin tregua
A las 5 de la mañana del jueves 25 de junio, pocas horas después de que los terremotos en Venezuela borraran gran parte de la infraestructura del estado La Guaira, Alexander se abrió paso entre vías intransitables. En el sexto piso de un edificio de la Misión Vivienda vivía su hijo, Aaron Lafont Mohamed, junto a su ex pareja, Aminta Mayelis Mohamed. Cuando Alexander llegó, el edificio no era más que un amasijo de concreto retorcido. La escena era la de una zona de desastre absoluto.
“¿No hay una posibilidad de que se haya quedado jugando afuera?”, se pregunta todavía Alexander, mientras observa los restos de lo que fue un hogar. El rastro de Aaron se perdió en el estruendo de la tragedia. La incertidumbre es un peso constante; cada día que pasa, el silencio de los escombros duele más. La desesperación se mezcla con la falta de respuestas claras, ya que nadie ofrece información precisa sobre la ubicación exacta del niño al momento del colapso.
El laberinto de la desinformación en las zonas afectadas
La angustia de este padre no se limita a la búsqueda física en el terreno; se ha convertido en una lucha agotadora contra el ruido digital y los rumores. Días atrás, una luz de esperanza se encendió cuando recibió un mensaje con la foto de una pantalla donde aparecía el nombre completo de su hijo, situándolo en un refugio de Ipostel, en el oeste de la capital.
Alexander dejó todo y viajó de inmediato a Caracas, pero se estrelló contra la burocracia y la falta de registros unificados. “Aquí no recibimos niños solos”, le sentenció la coordinadora del albergue tras revisar las listas. La información era un error, una falsa pista que volvió a sumirlo en el vacío. La crisis humanitaria provocada por los terremotos en Venezuela se ve agravada por versiones falsas que inundan los grupos de WhatsApp, donde abundan mensajes sobre supuestos niños abandonados en parques o instituciones, lo cual genera una alarma social innecesaria que, según expertos, entorpece las labores reales de rescate.
Qué dice la realidad tras la alarma social
Ante este escenario, la ONG Cecodap ha desmentido rotundamente el relato de una “separación masiva” de menores. Tras un monitoreo constante, sostienen que el número de niños, niñas y adolescentes en hospitales es reducido y que la gran mayoría se encuentran acompañados por familiares o responsables.
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Los hechos verificados: La mayor parte de los menores identificados en las zonas de desastre cuentan con sus referentes familiares.
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El impacto de los bulos: La difusión de datos no verificados distorsiona la respuesta institucional, desviando recursos vitales hacia rumores.
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La advertencia clave: Aunque no existe un abandono masivo, los riesgos de trata, explotación y desaparición son realidades latentes en el mediano plazo si no se fortalece la gestión de información.
La reconstrucción de la vida cotidiana después de los terremotos en Venezuela será un proceso largo y doloroso. Mientras espera que los equipos de Protección Civil avancen con mayor maquinaria entre el polvo, Alexander sigue recorriendo los albergues. La madre de Aaron, Aminta, sigue desaparecida; aunque testigos aseguran haberla visto con vida en un campamento de golf, las búsquedas en hospitales siguen sin arrojar resultados positivos. Para padres como Alexander, la tragedia de los terremotos en Venezuela es, por sobre todo, el limbo de no saber, una aguja en un pajar que él se niega a dejar de buscar.













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